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jueves, 18 de abril de 2019

18 de abril de 2019: Día Internacional de los Monumentos y Sitios: Los paisajes rurales


LOS PAISAJES RURALES EN VENEZUELA

En momentos como los que vive Venezuela actualmente, escribir sobre su patrimonio cultural no es fácil. Por un lado, es una necesidad, por otro puede parecer trivial cuando su principal patrimonio, la gente, que es la constructora de su cultura está padeciendo tantas calamidades. Aun así, este 18 de abril, como todos los años, se conmemora a nivel mundial el Día Internacional de los Monumentos y Sitios.

Su origen se remonta al 18 de abril de 1982, cuando en la reunión de la directiva del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios – ICOMOS, que coincidió en Hammamet con el Coloquio organizado por el Comité Nacional de ICOMOS de Túnez, se propuso instituir el Día Internacional de los Monumentos y Sitios, con la idea de conmemorar una jornada anual a nivel mundial, para despertar la conciencia colectiva sobre la diversidad del patrimonio mundial, la importancia de su protección y conservación y concienciar acerca de su vulnerabilidad. Esta propuesta fue planteada por el Comité Ejecutivo de ICOMOS a la UNESCO y aprobada por la Conferencia General de este organismo en su 22ª Sesión, en noviembre de 1983.

Cada año se decide una línea temática para focalizar los esfuerzos a escala internacional en el patrimonio asociado con ella. El tema de este año es el paisaje rural. Paradójicamente un aspecto que confronta a Venezuela con sus orígenes, anteriores al periodo colonial. Desde el siglo XX comenzó a identificarse a Venezuela como un país petrolero, en vías de desarrollo. Particularmente en 1928, el producto de exportaciones por petróleo  superó a las derivadas de los rubros, de índole agrícola o pecuario, que habían dominado el panorama económico desde los tiempos finales de la colonia, cuando se estableció la Capitanía General de Venezuela (1777), como estrategia borbónica para el control estratégico de un conjunto de provincias que habían itinerado, entre el Virreinato de Nueva España, a través de la Real Audiencia de Santo Domingo y el Virreinato del Perú, a través de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá.

La instalación de la Real Compañía Guipuzcoana, corporación comercial establecida por Felipe V en 1728 para monopolizar todas las transacciones entre España y la provincia de Venezuela, con sede en Caracas, transformada en 1785 en la Real Compañía de Filipinas, extendiendo su radio de acción hasta el Pacífico, reconocía el gran potencial agrario que la Provincia de Venezuela y sus aledañas, habían adquirido en el siglo XVIII.


Figura 1: Paisaje rural de cultivos en terrazas en Timotes, Estado Mérida

PAISAJES RURALES PREHISPANICOS

No obstante, los paisajes rurales ya se habían comenzado a moldear desde tiempos ancestrales producto de la interacción entre las culturas aborígenes y su entorno natural. Aunque algunas  etnias eran al comienzo errantes por naturaleza y vivían de la caza, pesca y recolección, algunas más adelantadas optaron por afincarse en el territorio y desarrollar cultivos de especies autóctonas como el maíz, la yuca, el tomate y la papa, entre otras, productos de los cuales, algunos son inseparables indefectiblemente de la cultura gastronómica actual de Europa.

Por el lado de la cultura Caribe o Arawac, generalmente asociada con la actitud trashumante, diseminados por toda la cuenca del Caribe, conjugaron su carácter guerrero con núcleos germinales de asentamientos estables en los que también cultivaron cacao, maíz y yuca, los dos pilares fundamentales de su sustento alimentario. El conuco fue su expresión directa, reducto controlado donde un grupo producía lo necesario para su sustento y el incipiente intercambio con otros grupos indígenas. Estudios recientes plantean la hipótesis de que algunos grupos se hicieron sedentarios y desarrollaron transformaciones en el paisaje para el desarrollo de actividades agropecuarias, como sucediera en el valle de Caracas con los asentamientos agro-urbanos “Caraca” en el Ávila y “Toromaina” en Las Adjuntas, desarrollados por las tribus Toromaina, parte de los Mariche (Prieto, 2016).

Los grupos Timoto Cuicas, afiliados con la cultura Chibcha, asentado en los territorios de los estados andinos Trujillo, Mérida y Táchira ya presentaban testimonios de la modelación del paisaje, a través del desarrollo de cultivos en terrazas en laderas de montaña, como los de Timotes, que aprovechaban la escorrentía natural del terreno en pendiente de las estribaciones de los montes andinos para su concreción. Los cultivos de maíz, papa, frutales y hortalizas, conjugados con incipientes infraestructuras de mampostería de piedra concertada, caminos, muros separadores y escaleras fueron configurando bucólicos paisajes en las laderas andinas (Figura 1).

Según refería el misionero jesuita José Gumilla  las tribus de Guayana cultivaban maíz y yuca principalmente, pero entremezcladas con otras especies comestibles, desarrollando una estrategia ecológica que por un lado impedía el desarrollo de especies silvestres y por otro optimizaba el uso del suelo: “cuando siembran el maíz ya la yuca lleva una quarta de retoño, y entre una, y otra mata de yuca siembran una de maíz; y entre la yuca, y el maíz siembran batatas, chacos, calabazas, melones y otras muchas cosas, cuyos retoños como corren estendidos por los suelos, no impiden al maíz, ni a la yuca; antes bien, como cubren todo el suelo, a manera de una verde alfombra impiden que brote la tierra otras malas yervas” (Gumilla, 1745:275).


Figura 2: Paisaje rural del cacao en Chuao, Estado Aragua.

PAISAJES RURALES DEL PERIODO COLONIAL

Como señalábamos en la introducción, el paisaje cultural rural se siguió enriqueciendo a la par del mestizaje étnico social. La llegada de los europeos y luego la incorporación de población africana engendró una fusión cultural que incidiría también en la traslación de las tradiciones gastronómicas y medicinales en sentido bidireccional, lo cual trajo como consecuencia la inserción de nuevas especies de cultivos y formas para desarrollarlas. La inserción de la mano de obra esclava fue crucial en este aspecto. La explotación de las especies de cacao existentes y la refinación de su procesamiento para generar chocolate fue sin duda el gran aporte al paisaje rural del periodo colonial.

El cacao llegó a ser el producto más cotizado de todos cuantos la Compañía Guipuzcoana comercializó en la Provincia de Venezuela. Una vez abastecida ésta, la mercancía excedente podía ser transportada a las provincias de Cumaná, Trinidad y Margarita, e intercambiada por otros rubros como plata, oro y frutos destinados al comercio ordinario con España (Arcila Farías, 1997). El cacao venezolano gozaba de una alta reputación en los mercados mundiales. Debido a su precio ocupaba el tercer lugar en la demanda de productos después del oro y de la plata, y equivalente a la grana, otro artículo precioso de la época (Arcía Farías, 1997). Esto devino en la modelación del paisaje, en el que se combinaban las especies arbustivas y arbóreas con lo construido (Figura 2). No obstante, a la par del cacao también se fueron emprendiendo otros tipos de cultivo, aprovechando las cualidades climáticas de cada entorno. Se introdujeron  café y  caña de azúcar, e incluso trigo, entre otros.  

El café fue incorporado a través de la región de Guayana cuando según referencias del sacerdote jesuita José Gumilla, él mismo sembrara un primer árbol en 1741, con intenciones ornamentales (Gumilla, 1745). El padre José Antonio García Mohedano lo trae a Caracas en 1784, ensayando la siembra de seis mil especímenes que no subsistieron. Debido a ello, el clérigo decidió  unir esfuerzos con Pedro Palacios y Sojo (1739-1799), abuelo materno de Simón Bolívar, dueño de la hacienda La Floresta y el terrateniente de Chacao de ascendencia francesa Bartolomé Blandín (1745-1835), aficionado a la música y la agricultura, propietario de la hacienda Blandín, estableciendo una estrategia para su masificación e industrialización. El segundo ensayo de cincuenta mil plantas fue exitoso, obteniendo una abundante cosecha que fuera celebrada a finales de 1786 en los terrenos de la hacienda Blandín, actual Country Club de Caracas (Nissnick, 2018, septiembre 9).

Por su parte, la caña de azúcar, según versión compartida por la mayoría de los historiadores, fue introducida a Venezuela desde la isla de Santo Domingo a través de las costas de Santa Ana de Coro, por Juan de Ampíes colonizador y fundador de la ciudad, desde donde se extendió hacia el centro u otras regiones del país alrededor de los años treinta del siglo XVI (Amodio, 2010:117-118). Sin duda, aunque no es autóctona “aparece asociada a los primeros ensayos de fundación de centros poblados, tanto en oriente como en occidente. Junto al tabaco, el cacao, el añil y el café, fue uno de los rubros agrícolas que constituyeron la base de la economía venezolana desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta las primeras décadas del siglo XX” (Amodio y Molina, 2010:115).

Devino en una de las actividades económicas primordiales de varias regiones del territorio venezolano dando lugar al establecimiento de numerosas unidades de producción, conocidas en forma genérica como trapiches o ingenios (Amodio y Molina, 2010:115), que fueron redibujando los paisajes, entre otros, de los valles de Caracas, Aragua y Carabobo; de los valles del río Turbio, Yaracuy y El Tocuyo (Molina, 2010: 187-199) y de la planicie sur del lago de Maracaibo, entre Estanques y la desembocadura del río Escalante y el río Pocó, en los límites actuales entre los Estados Mérida y Trujillo (Ramírez, 2010:  141-164).

Estos rubros propiciaron nuevos paisajes. Las haciendas cafetaleras generaron espacios adecuados a la función; patios de secado, espacios de clasificación, trillas y almacenes fueron dibujando junto con las casas de hacienda del propietario, capataz y peones, verdaderas unidades de producción, destacando las haciendas La Floresta, Blandín, y Anauco, entre otras. Las haciendas de caña de azúcar y sus trapiches, además de la arquitectura doméstica también conformaron junto con sus chimeneas, salas de pailas, alambiques y almacenes  estos paisajes. Las chimeneas eran los campanarios productivos de una incipiente labor preindustrial. Solo en Caracas podríamos recordar los testimonios de esta tradición en las casas de la Hacienda La Vega, Montalbán, Ibarra, San José, Coche y La Urbina.  En la provincia tenemos importantes vestigios en la Hacienda Casarapa en Guarenas, el Ingenio de los Bolívar en San Mateo, Los Villegas en Turmero, el Trapiche Los Clavos en Boconó, entre otros.

El añil, el tabaco y el algodón fueron otros rubros característicos de la época, que de manera individual o entremezclada con otros, fue complejizando el paisaje haciendo de las tierras venezolanas un verdadero ajedrez o collage donde se entremezclaban especies, colores, texturas y aromas.


Figura 3: Paisaje rural del café, Hacienda La Victoria, Santa Cruz de Mora, Estado Mérida.

PAISAJES RURALES DEL PERIODO REPUBLICANO

La instalación de la república trajo consigo una situación económica traumática en sus inicios. El reacomodo de fuerzas y actores al mando de la producción para superar la grave crisis en que había quedado el país después de las guerras de independencia promovió el progreso de unos rubros respecto a otros. La ganadería, actividad que también había sido próspera, sobre todo en la región de Guayana estaba devastada. El sector agrícola lentamente se fue robusteciendo, comenzando a despuntar el café como cultivo principal, convirtiéndose así Venezuela, durante el siglo XIX, en el segundo productor mundial, después de Brasil (Nissnick, 2018, septiembre 9). Se mantuvo incólume como pilar de la economía nacional hasta la llegada del petróleo en la década de 1920,  cuando específicamente en 1928, el petróleo superara al café como producto de exportación. 


Debido a ello, nuevas haciendas se fueron sumando para su cultivo y procesamiento. Los piedemontes de las montañas en torno al valle de Caracas, los valles de Aragua en las localidades de Turmero y Cagua, los valles de Mérida como Santa Cruz de Mora y parte del estado Táchira, fueron importantes asientos de haciendas cafetaleras. Conjunto emblemático todavía activo es la Hacienda La Victoria, en Santa Cruz de Mora, cuyos orígenes se remontan a una pequeña hacienda adquirida por Feliciano Urdaneta a través de subasta pública (1854), quien la renombra como “Hacienda La Victoria”, en honor al logro alcanzado.  De este fue pasando por varios propietarios, hasta que la adquiere Don Simón Noé Consalvi. Este comienza a ampliarla sentando las bases del basto complejo, que sucesivamente luego pasara a manos de Luis Lares Prato, Don Calógero Paparoni y hasta Américo Paparoni, quien finalmente la vendió al ejecutivo del estado en 1991. Su patio de secado es de los mas grandes del país (Figura 3).

La incorporación de nuevos grupos culturales en procesos de colonización controlada y estimulada por el Estado caracterizaron este periodo. El surgimiento de las colonias El Topo de Tacagua (1825), entre el actual estado Vargas y Caracas; Tovar (1843), en el estado Aragua; Numancia (1852), en Puerto Tablas, Estado Bolívar; Araira (1874), en el estado Miranda y Chirgua (1938), en el Estado Carabobo (Troconis de Veracoechea, 1986: 317), por grupos de colonos escoceses, alemanes, daneses, franceses e italianos, respectivamente, fructificaron en estas experiencias. De ellas sobreviven Tovar, Araira y Chirgua, desarrollando singulares paisajes donde se mezclan las culturas foráneas con los paisajes naturales nativos, insertando nuevos rubros de frutales, cereales y hortalizas.

Además del café, durante el siglo XIX, la caña de azúcar siguió teniendo un papel relevante en la definición de paisajes rurales en muchos puntos de la geografía nacional, en los que a las extensas areas de cultivo se asociaban las estructuras para el procesamiento de la caña de azúcar (Figura 4). Caminos, acequias, trapiches y chimeneas se fueron diseminando a través del campo venezolano deviniendo en íconos singulares de sus paisajes.  

Las zonas áridas como las de la península de Paraguaná en el estado Falcón también albergaron importantes variantes del paisaje rural. La presencia del hato paraguanero, con sus típicas casonas introspectivas, cerradas hacia el exterior y con la presencia del granero es una variante singular. Ejemplos se tienen en la casa del hato Las Virtudes, El Cayude, Aguaque, San Francisco, La Cienega y Bajarigua, entre otras (López Petit, 2018, 15 de noviembre). De igual forma, otro paisaje rural característico es el paisaje del tabaco cuyas siembras se acompañaban de secaderos individuales o de espacios para esas funciones que cohabitaban con las edificaciones domésticas. Podemos ver ejemplos en localidades como Zaraza en el estado Guárico e incluso cerca de Caracas, en los testimonios que se conservan en la Hacienda La Trinidad, Estado Miranda.

Los tiempos terminales de este periodo preconizaban lo que vendría en el siguiente. La creación y apertura de fábricas en el periodo gomecista, alineado con el ideario positivista, señalaban un camino que a pesar de la dictadura abonó un camino para el futuro proceso industrial. El Lactuario Maracay, Telares e Hilandería Maracay, el Aserradero El Túnel en el conjunto de Santa Inés, Chocolates La India, Café Fama de América y Café Imperial, entre otros, eran industrias alimentadas por la producción de los diversos rubros agropecuarios en progreso.   

Otro paisaje rural de gran valor estético fue el que se fuera forjando en los territorios de las llanuras venezolanas, en los estados Portuguesa, Cojedes, Barinas, Apure, Guárico, Anzoátegui y Monagas en los que se conjugan la actividad agrícola con la pecuaria, asociados a centros poblados fundados en el periodo colonial como pueblos de misión y doctrina. Los Esteros de Camaguán, las Riberas del Arauca, los entornos de Barinas fueron y son paisajes vinculados a actividades agropecuarias que todavía hoy expresan excepcionales cualidades escénicas.


Figura 4: Paisaje rural de la caña de azúcar, Hacienda Santa Teresa, El Consejo, Estado Aragua.

PAISAJES RURALES EN LA MODERNIDAD

Aunque parece un contrasentido hablar de paisajes rurales en la modernidad, con la consolidación de la actividad petrolera desde 1928, si bien se fue desplazando la actividad agropecuaria, la plusvalía generada por ésta en el tiempo comenzó a ser reinvertida en la mecanización de los procesos de producción, otrora artesanales. Ello dio origen a trasmutaciones paisajísticas gracias a la actuación de tres factores. El primero fue el ensayo, inserción, mudanza y reemplazo de especies y rubros de producción; el segundo, el desarrollo de la actividad pecuaria y el tercero, la incorporación de estructuras de carácter industrial para la modernización de los procesos de manufactura, reelaboración de derivados, su envasado y distribución.

Nuevos rubros fueron diversificando el paisaje rural. La siembra extensiva de arroz, cebada, y avena; leguminosas como ajonjolí y maní; frutales como cítricos, patilla, lechosa, plátanos y cambures; hortalizas como lechuga, acelga, espinaca, berenjena, calabacín, tomate y auyama; tubérculos como la batata, fueron enriqueciendo y diversificando los paisajes rurales con diversas texturas, olores y colores producto de sus frutos.

En esta diversificación paisajística cumplirá un papel especial el aporte de nuevos grupos étnicos que llegaron al país en el periodo de entreguerras, incrementándose notablemente a raíz de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. En especial, en el lapso entre 1948 a 1958, importantes contingentes de españoles, italianos, portugueses, yugoslavos, alemanes, rumanos, rusos, chinos, polacos, ucranianos, húngaros, austríacos, armenios, belgas y griegos llegaron a sumar nuevas iniciativas agrícolas y pecuarias en diversos puntos del país aupados, además de la iniciativa particular por el impulso del Instituto Técnico de Inmigración y Colonización, del Instituto Agrario Nacional y del Centro Intergubernamental para las Migraciones Europeas (Pozo, 1999).

Entre los  nuevos rubros a extenderse como generador de paisajes destaca el arroz, que aunque ya se conocía y cultivaba, se producía de manera incipiente y dispersa en mayor o menor grado, en las diferentes entidades del territorio nacional. Se robustece para el abastecimiento local y explotación comercial, debido a su alta demanda como parte de la dieta venezolana,  intensificándose a partir de 1953, mediante un  plan arrocero desarrollado en la colonia agrícola de Turén, estado Portuguesa. En ese año, se siembran 32.517 hectáreas, con un volumen de producción total de 41.650 t. A partir de ese momento se fue expandiendo su cultivo y producción generando nuevos paisajes concentrados en dos grandes zonas: la Región Central, en el estado Guárico y la Región de los Llanos Occidentales, destacando en los estados Portuguesa y Cojedes. A ellos se suman en menor grado otros sectores ubicados en los terrenos llanos de los estados Barinas y Delta Amacuro (Páez N, 2004: 23).

Por otro lado, además de la actividad agrícola durante esta etapa es de destacar también la intensificación e industrialización de la actividad pecuaria, en sus diversas variantes, vacuna y porcina, mayoritariamente y caprina, equina y bovina en menor grado, de acuerdo a las condiciones geo climáticas más acordes al hábitat idóneo para el desarrollo de las diferentes especies. Ello generó un amplio panorama de tipos de paisajes rurales que conjugan las expresiones culturales asociadas a la cría  con el entorno natural afín a su medio de vida, de acuerdo a su topografía, clima, fuentes hídricas y vegetación dominante (Figura 5).

En consecuencia, podemos señalar la diseminación de paisajes asociados a la ganadería vacuna en las entidades del Distrito Federal, Aragua, Carabobo, Cojedes, Zulia y Miranda. Caprina en los estados Falcón, Lara, Zulia y Sucre. Ovina en las zonas áridas de los estados Falcón, Zulia, Lara, Mérida y Trujillo. Por su lado la ganadería equina se localiza principalmente en los estados Guárico, Apure, Anzoátegui, Bolívar, Monagas y Zulia; acompañada de núcleos menores de ganadería asnal en los estados Anzoátegui, Guárico, Sucre, Apure, Lara, Barinas, Bolívar, Falcón y Monagas y mular en Táchira, Miranda, Lara y Trujillo (Costa, 2011, febrero 25).

En cuanto al proceso de industrialización, paralelo al de la agricultura, este tiempo se caracteriza por la aparición y diseminación de estructuras en forma de fábricas, galpones, plantas azucareras y torrefactoras, que vinieron a reemplazar a los antiguos trapiches, trillas y molinos artesanales. Los Valles de Caracas, Aragua y Carabobo en el centro; los de Lara, Falcón y Zulia en la zona occidental; los de Trujillo, Mérida, y Táchira en la región andina o las llanuras de Cojedes, Portuguesa, Guárico, Apure y Barinas, devienen en nuevos paisajes culturales de vocación rural ahora contaminados por la presencia de artefactos industriales que no en pocos casos constituyen espléndidos testimonios históricos de estos procesos y, que también implican relevantes ejemplos de arquitectura industrial por reconocer y valorar como parte del patrimonio cultural. Santa Bárbara del Zulia con su producción agropecuaria o las siembras de plátano en las proximidades de los Puertos de Altagracia, constituyen estupendos paisajes rurales dentro de este escenario.

Innumerables empresas como la Central Azucarera El Palmar, Montalbán, las fábricas de Alfonso Rivas & Cía, Alimentos Polar, Cerveza Zulia, Cervecería Caracas, Mavesa, Ron Pampero, Ron Santa Teresa (Figura 4), Ron Cacique, Café Fama de América, Aceites Branca, Lácteos Carabobo, entre tantos otros, constituyeron dignos ejemplos de la inversión en los procesos de industrialización de los frutos del campo y la deseada “siembra del petróleo” aclamada por Arturo Uslar Pietri desde tiempos tempranos en reacción a la desmedida explotación irracional de la renta petrolera (Abreu Olivo, Edgar et al.,2000).


Figura 5: Paisaje rural ganadero en Zaraza, Estado Guárico.

PAISAJES RURALES DE LA CONTEMPORANEIDAD

El proceso que se iniciara a partir de 1958, destinado a la sustitución de importaciones mediante el estímulo a la creación de empresas e industrias para el procesamiento de materias primas tuvo un momento estelar entre las décadas de 1960 y 1970. En 1974, cuando los ingresos por la venta de petróleo tocaron zénit, era el momento para invertir en la reelaboración de materias primas en productos secundarios. No obstante, la tendencia gubernamental, con ciertas excepciones, se orientó a seguir exprimiendo la renta petrolera sin visualizar que en un futuro medio era insostenible el sistema, haciéndose además absolutamente dependiente de las fluctuaciones del mercado petrolero. En el presente, cuando la capacidad productiva del campo se ha reducido al mínimo, producto de las expropiaciones de tierras y empresas productivas, es el momento de volver a dirigir la mirada a la tierra y entender que la verdadera riqueza está en el trabajo, en la generación de productos que diversifiquen la economía y generen empleo para todos los sectores de la economía.

El reemplazo de las especies tradicionales de los diferentes paisajes para generar otros tipos de cultivos puede ser una iniciativa racional desde un punto de vista netamente económico, a simple vista, pero es una visión miope que se focaliza en la inmediatez. No obstante, va contra corriente cuando se trata de la afectación a paisajes culturales asociados a la vocación histórica de determinadas especies.

El reemplazo, por ejemplo de los cultivos tradicionales de caña de azúcar por platanales, en el caso de los Valles de Aragua, es un ejemplo claro de no entender las potencialidades que algunos países han aprovechado al reconocer sus potencialidades en materia de paisajes culturales de vocación rural, en los que no solamente el producto directo del fruto cultivado es el objetivo, sino también toda la cultura asociada con estos desarrollada en su entorno, la cual puede ser, tanto o más productiva que el resultado directo de la cosecha.


Figura 6: Paisaje rural de los hatos paraguaneros en el Cayude, Paraguaná, Estado Falcón.

CONCLUSIONES

En el presente, hoy más que nunca, tenemos el reto de reconstruir el país, atendiendo a  las demandas insatisfechas de necesidades primarias, dentro de las cuales, conjugar la producción de los rubros agropecuarios característicos de los diferentes contextos bioclimáticos no será suficiente. Dirigir la mirada a los rasgos culturales asociados a ellos y su canalización y perfeccionamiento a partir de los aportes contemporáneos es primordial. Aprovechar los beneficios que nos ofrece la Industria 4.0 mediante la digitalización de los procesos productivos fabriles y el uso de sistemas de información para transformar los procesos productivos en miras a obtener logros más eficientes y de bajo impacto ecológico, además del desarrollo del turismo cultural y la artesanía gastronómica, con conciencia ambiental, pueden representar nuevas fuentes de ingresos tanto para las poblaciones que habitan esos paisajes culturales rurales, como para los inversionistas, proyectando puertas afuera del país nuestra identidad cultural con orgullo, mas allá del codiciado petróleo.

Hay iniciativas loables en el rescate de la producción de cacao y de la caña de azúcar y su elaboración artesanal o semi industrial para la elaboración de chocolate y ron, respectivamente, con calidad de exportación. Son, no obstante, emprendimientos puntuales que aún carecen de fortaleza suficiente como para volver a tomar el eje productivo de la economía nacional en la linea agrícola. Ellas y otras deberían ser estimuladas para crecer y hacer de ellas actividades que involucren a toda la población, diversificando la economía y virando de una vez la tendencia histórica del país como estado mono-productor, vulnerable a las oscilaciones del mercado, otrora agrícola y en el presente, minero-petrolero. Ese es el reto.

REFERENCIAS

Abreu Olivo, Edgar et al. (2000). Inicios de modernidad: Marcas de fábrica y comercio en el sector alimentación en Venezuela 1877-1929. Caracas: Fundación Empresas Polar.

Arcila Farías, Eduardo. (1997). Compañía Guipuzcoana [Voz]. En Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas: Fundación Empresas Polar.

Amodio, Emanuel y Molina, Luis. (2010). Presentación Historia y Antropología de la caña de azúcar en Venezuela. En Revista venezolana de Economía y Ciencias Sociales. La caña de azúcar en Venezuela. Vol. 16, Nº 3, 2010 septiembre/diciembre. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Universidad Central de Venezuela, pp. 115-116.

Amodio, Emanuel. (2010). Geografía temprana de la caña de azúcar en Venezuela (siglo XVI). En Revista venezolana de Economía y Ciencias Sociales. La caña de azúcar en Venezuela. Vol. 16, Nº 3, 2010 septiembre/diciembre. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Universidad Central de Venezuela, pp. 117-140.

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Gumilla, José. (1745). El Orinoco ilustrado y defendido: Historia Natural, civil y geographica de este gran río y de sus caudalosas vertientes goviernos, usos y costumbres de los indios sus habitadores, con nuevas y utiles noticias de Animales, Arboles, frutos, aceytes, refinas, yervas y raices medicinales; y sobre todo, se hallaran conversiones muy singulares a n. santa fe y casos de mucha edificación escrita por el Padre Joseph Gumilla, de la Compañía de Jesús. Madrid: Manuel Fernández.

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Páez N, Orlando. (2004). El Cultivo del Arroz en Venezuela. Serie Manuales de Cultivo INIA N° 1. Maracay: Ministerio de Ciencia y Tecnología. Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas y Alfredo Romero.

Pozo, Moraiba Tibisay (1999). Comunidades Biculturales Binacionales en el Área Metropolitana de Caracas. En Pozo, Moraiba Tibisay Pozo y González Ordosgoitti, Enrique Alí. Diversidad Cultural de Comunidades Residenciales Venezolanas. Caracas: Fondo Editorial Tropykos : Asociación Civil INDICEV, Asociación Civil CISCUVE y CONAC.

Prieto, Miguel Ángel. (2016). Arqueología, espeleología e Historia de Toromaina. Una ciudadela indígena precolombina en la montaña del peñón de las Adjuntas. Macarao. Caracas. Venezuela. Suramérica. Caracas: Fundación Simón Rodríguez. Ministerio del Poder Popular para la Educación.

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Troconis de Veracoechea, Ermila. (1986). Colonias agrícolas en Venezuela. En Ensayos de historia: libro homenaje a Eduardo Arcila Farías. Caracas: Instituto de Estudios Hispanoamericanos (Venezuela), Academia Nacional de Ciencias Económicas y Universidad Central de Venezuela, pp. 315-381.

Fuentes de las figuras:

Figura 1: Dal89. (2008). El Campo en Mérida. Venezuela. En Wikimedia Commons. Consultado en https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Campo_de_M%C3%A9rida.JPG 

Figura 2: Martínez, Diego. (2016, diciembre 16). Chuao, Estado Aragua, Venezuela. En Mejía Daniela. "Los protectores del cacao de Chuao". El Estímulo,  Sección Bienmesabe. Caracas. Consultado en http://elestimulo.com/bienmesabe/los-protectores-del-cacao-de-chuao/ 

Figura 3: Espasamerida. (2019).  Hacienda La Victoria, Mérida, Venezuela. En Photobucket. Consultado en https://photobucket.com/gallery/user/espasamerida/media/bWVkaWFJZDo5NDQ1NzM1/?ref= el 16 de abril de 2019.

Figura 4: Belmonte, Jesús. (s.f.). Hacienda Santa Teresa, Estado Aragua. En Minube. El Consejo. Hacienda Santa Teresa.  Caracas: Minube [plataforma web]. Consultado en https://www.minube.com.mx/fotos/el-consejo-c325571 el 16 de abril de 2019.

Figura 5: Lezama, Julio. (2017, diciembre 27). Laguna cerca de Las Tinajas, Zaraza, Estado Guárico. En Lezama, Julio. Camino a los llanos venezolanos, Estado Guárico. Caracas: Steemet Beta [plataforma web].  Consultado en https://steemit.com/spanish/@juliolezama/camino-a-los-llanos-venezolanos-estado-guarico-venezuela el 16 de abril de 2019.

Figura 6: Anón. (2019, enero 29). El Cayude. En Imágenes históricas de Paraguaná. En I ♥ Punto Fijo. [Grupo de facebook]. Punto Fijo, Venezuela: autor.  Consultado en https://www.facebook.com/ILovePuntoFijo/posts/im%C3%A1genes-hist%C3%B3ricas-de-paraguan%C3%A1el-cayude-una-de-las-casas-de-hato-m%C3%A1s-important/10158312075620031/ el 16 de abril de 2019.



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