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jueves, 18 de abril de 2019

18 de abril de 2019: Día Internacional de los Monumentos y Sitios: Los paisajes rurales


LOS PAISAJES RURALES EN VENEZUELA

En momentos como los que vive Venezuela actualmente, escribir sobre su patrimonio cultural no es fácil. Por un lado, es una necesidad, por otro puede parecer trivial cuando su principal patrimonio, la gente, que es la constructora de su cultura está padeciendo tantas calamidades. Aun así, este 18 de abril, como todos los años, se conmemora a nivel mundial el Día Internacional de los Monumentos y Sitios.

Su origen se remonta al 18 de abril de 1982, cuando en la reunión de la directiva del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios – ICOMOS, que coincidió en Hammamet con el Coloquio organizado por el Comité Nacional de ICOMOS de Túnez, se propuso instituir el Día Internacional de los Monumentos y Sitios, con la idea de conmemorar una jornada anual a nivel mundial, para despertar la conciencia colectiva sobre la diversidad del patrimonio mundial, la importancia de su protección y conservación y concienciar acerca de su vulnerabilidad. Esta propuesta fue planteada por el Comité Ejecutivo de ICOMOS a la UNESCO y aprobada por la Conferencia General de este organismo en su 22ª Sesión, en noviembre de 1983.

Cada año se decide una línea temática para focalizar los esfuerzos a escala internacional en el patrimonio asociado con ella. El tema de este año es el paisaje rural. Paradójicamente un aspecto que confronta a Venezuela con sus orígenes, anteriores al periodo colonial. Desde el siglo XX comenzó a identificarse a Venezuela como un país petrolero, en vías de desarrollo. Particularmente en 1928, el producto de exportaciones por petróleo  superó a las derivadas de los rubros, de índole agrícola o pecuario, que habían dominado el panorama económico desde los tiempos finales de la colonia, cuando se estableció la Capitanía General de Venezuela (1777), como estrategia borbónica para el control estratégico de un conjunto de provincias que habían itinerado, entre el Virreinato de Nueva España, a través de la Real Audiencia de Santo Domingo y el Virreinato del Perú, a través de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá.

La instalación de la Real Compañía Guipuzcoana, corporación comercial establecida por Felipe V en 1728 para monopolizar todas las transacciones entre España y la provincia de Venezuela, con sede en Caracas, transformada en 1785 en la Real Compañía de Filipinas, extendiendo su radio de acción hasta el Pacífico, reconocía el gran potencial agrario que la Provincia de Venezuela y sus aledañas, habían adquirido en el siglo XVIII.


Figura 1: Paisaje rural de cultivos en terrazas en Timotes, Estado Mérida

PAISAJES RURALES PREHISPANICOS

No obstante, los paisajes rurales ya se habían comenzado a moldear desde tiempos ancestrales producto de la interacción entre las culturas aborígenes y su entorno natural. Aunque algunas  etnias eran al comienzo errantes por naturaleza y vivían de la caza, pesca y recolección, algunas más adelantadas optaron por afincarse en el territorio y desarrollar cultivos de especies autóctonas como el maíz, la yuca, el tomate y la papa, entre otras, productos de los cuales, algunos son inseparables indefectiblemente de la cultura gastronómica actual de Europa.

Por el lado de la cultura Caribe o Arawac, generalmente asociada con la actitud trashumante, diseminados por toda la cuenca del Caribe, conjugaron su carácter guerrero con núcleos germinales de asentamientos estables en los que también cultivaron cacao, maíz y yuca, los dos pilares fundamentales de su sustento alimentario. El conuco fue su expresión directa, reducto controlado donde un grupo producía lo necesario para su sustento y el incipiente intercambio con otros grupos indígenas. Estudios recientes plantean la hipótesis de que algunos grupos se hicieron sedentarios y desarrollaron transformaciones en el paisaje para el desarrollo de actividades agropecuarias, como sucediera en el valle de Caracas con los asentamientos agro-urbanos “Caraca” en el Ávila y “Toromaina” en Las Adjuntas, desarrollados por las tribus Toromaina, parte de los Mariche (Prieto, 2016).

Los grupos Timoto Cuicas, afiliados con la cultura Chibcha, asentado en los territorios de los estados andinos Trujillo, Mérida y Táchira ya presentaban testimonios de la modelación del paisaje, a través del desarrollo de cultivos en terrazas en laderas de montaña, como los de Timotes, que aprovechaban la escorrentía natural del terreno en pendiente de las estribaciones de los montes andinos para su concreción. Los cultivos de maíz, papa, frutales y hortalizas, conjugados con incipientes infraestructuras de mampostería de piedra concertada, caminos, muros separadores y escaleras fueron configurando bucólicos paisajes en las laderas andinas (Figura 1).

Según refería el misionero jesuita José Gumilla  las tribus de Guayana cultivaban maíz y yuca principalmente, pero entremezcladas con otras especies comestibles, desarrollando una estrategia ecológica que por un lado impedía el desarrollo de especies silvestres y por otro optimizaba el uso del suelo: “cuando siembran el maíz ya la yuca lleva una quarta de retoño, y entre una, y otra mata de yuca siembran una de maíz; y entre la yuca, y el maíz siembran batatas, chacos, calabazas, melones y otras muchas cosas, cuyos retoños como corren estendidos por los suelos, no impiden al maíz, ni a la yuca; antes bien, como cubren todo el suelo, a manera de una verde alfombra impiden que brote la tierra otras malas yervas” (Gumilla, 1745:275).


Figura 2: Paisaje rural del cacao en Chuao, Estado Aragua.

PAISAJES RURALES DEL PERIODO COLONIAL

Como señalábamos en la introducción, el paisaje cultural rural se siguió enriqueciendo a la par del mestizaje étnico social. La llegada de los europeos y luego la incorporación de población africana engendró una fusión cultural que incidiría también en la traslación de las tradiciones gastronómicas y medicinales en sentido bidireccional, lo cual trajo como consecuencia la inserción de nuevas especies de cultivos y formas para desarrollarlas. La inserción de la mano de obra esclava fue crucial en este aspecto. La explotación de las especies de cacao existentes y la refinación de su procesamiento para generar chocolate fue sin duda el gran aporte al paisaje rural del periodo colonial.

El cacao llegó a ser el producto más cotizado de todos cuantos la Compañía Guipuzcoana comercializó en la Provincia de Venezuela. Una vez abastecida ésta, la mercancía excedente podía ser transportada a las provincias de Cumaná, Trinidad y Margarita, e intercambiada por otros rubros como plata, oro y frutos destinados al comercio ordinario con España (Arcila Farías, 1997). El cacao venezolano gozaba de una alta reputación en los mercados mundiales. Debido a su precio ocupaba el tercer lugar en la demanda de productos después del oro y de la plata, y equivalente a la grana, otro artículo precioso de la época (Arcía Farías, 1997). Esto devino en la modelación del paisaje, en el que se combinaban las especies arbustivas y arbóreas con lo construido (Figura 2). No obstante, a la par del cacao también se fueron emprendiendo otros tipos de cultivo, aprovechando las cualidades climáticas de cada entorno. Se introdujeron  café y  caña de azúcar, e incluso trigo, entre otros.  

El café fue incorporado a través de la región de Guayana cuando según referencias del sacerdote jesuita José Gumilla, él mismo sembrara un primer árbol en 1741, con intenciones ornamentales (Gumilla, 1745). El padre José Antonio García Mohedano lo trae a Caracas en 1784, ensayando la siembra de seis mil especímenes que no subsistieron. Debido a ello, el clérigo decidió  unir esfuerzos con Pedro Palacios y Sojo (1739-1799), abuelo materno de Simón Bolívar, dueño de la hacienda La Floresta y el terrateniente de Chacao de ascendencia francesa Bartolomé Blandín (1745-1835), aficionado a la música y la agricultura, propietario de la hacienda Blandín, estableciendo una estrategia para su masificación e industrialización. El segundo ensayo de cincuenta mil plantas fue exitoso, obteniendo una abundante cosecha que fuera celebrada a finales de 1786 en los terrenos de la hacienda Blandín, actual Country Club de Caracas (Nissnick, 2018, septiembre 9).

Por su parte, la caña de azúcar, según versión compartida por la mayoría de los historiadores, fue introducida a Venezuela desde la isla de Santo Domingo a través de las costas de Santa Ana de Coro, por Juan de Ampíes colonizador y fundador de la ciudad, desde donde se extendió hacia el centro u otras regiones del país alrededor de los años treinta del siglo XVI (Amodio, 2010:117-118). Sin duda, aunque no es autóctona “aparece asociada a los primeros ensayos de fundación de centros poblados, tanto en oriente como en occidente. Junto al tabaco, el cacao, el añil y el café, fue uno de los rubros agrícolas que constituyeron la base de la economía venezolana desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta las primeras décadas del siglo XX” (Amodio y Molina, 2010:115).

Devino en una de las actividades económicas primordiales de varias regiones del territorio venezolano dando lugar al establecimiento de numerosas unidades de producción, conocidas en forma genérica como trapiches o ingenios (Amodio y Molina, 2010:115), que fueron redibujando los paisajes, entre otros, de los valles de Caracas, Aragua y Carabobo; de los valles del río Turbio, Yaracuy y El Tocuyo (Molina, 2010: 187-199) y de la planicie sur del lago de Maracaibo, entre Estanques y la desembocadura del río Escalante y el río Pocó, en los límites actuales entre los Estados Mérida y Trujillo (Ramírez, 2010:  141-164).

Estos rubros propiciaron nuevos paisajes. Las haciendas cafetaleras generaron espacios adecuados a la función; patios de secado, espacios de clasificación, trillas y almacenes fueron dibujando junto con las casas de hacienda del propietario, capataz y peones, verdaderas unidades de producción, destacando las haciendas La Floresta, Blandín, y Anauco, entre otras. Las haciendas de caña de azúcar y sus trapiches, además de la arquitectura doméstica también conformaron junto con sus chimeneas, salas de pailas, alambiques y almacenes  estos paisajes. Las chimeneas eran los campanarios productivos de una incipiente labor preindustrial. Solo en Caracas podríamos recordar los testimonios de esta tradición en las casas de la Hacienda La Vega, Montalbán, Ibarra, San José, Coche y La Urbina.  En la provincia tenemos importantes vestigios en la Hacienda Casarapa en Guarenas, el Ingenio de los Bolívar en San Mateo, Los Villegas en Turmero, el Trapiche Los Clavos en Boconó, entre otros.

El añil, el tabaco y el algodón fueron otros rubros característicos de la época, que de manera individual o entremezclada con otros, fue complejizando el paisaje haciendo de las tierras venezolanas un verdadero ajedrez o collage donde se entremezclaban especies, colores, texturas y aromas.


Figura 3: Paisaje rural del café, Hacienda La Victoria, Santa Cruz de Mora, Estado Mérida.

PAISAJES RURALES DEL PERIODO REPUBLICANO

La instalación de la república trajo consigo una situación económica traumática en sus inicios. El reacomodo de fuerzas y actores al mando de la producción para superar la grave crisis en que había quedado el país después de las guerras de independencia promovió el progreso de unos rubros respecto a otros. La ganadería, actividad que también había sido próspera, sobre todo en la región de Guayana estaba devastada. El sector agrícola lentamente se fue robusteciendo, comenzando a despuntar el café como cultivo principal, convirtiéndose así Venezuela, durante el siglo XIX, en el segundo productor mundial, después de Brasil (Nissnick, 2018, septiembre 9). Se mantuvo incólume como pilar de la economía nacional hasta la llegada del petróleo en la década de 1920,  cuando específicamente en 1928, el petróleo superara al café como producto de exportación. 


Debido a ello, nuevas haciendas se fueron sumando para su cultivo y procesamiento. Los piedemontes de las montañas en torno al valle de Caracas, los valles de Aragua en las localidades de Turmero y Cagua, los valles de Mérida como Santa Cruz de Mora y parte del estado Táchira, fueron importantes asientos de haciendas cafetaleras. Conjunto emblemático todavía activo es la Hacienda La Victoria, en Santa Cruz de Mora, cuyos orígenes se remontan a una pequeña hacienda adquirida por Feliciano Urdaneta a través de subasta pública (1854), quien la renombra como “Hacienda La Victoria”, en honor al logro alcanzado.  De este fue pasando por varios propietarios, hasta que la adquiere Don Simón Noé Consalvi. Este comienza a ampliarla sentando las bases del basto complejo, que sucesivamente luego pasara a manos de Luis Lares Prato, Don Calógero Paparoni y hasta Américo Paparoni, quien finalmente la vendió al ejecutivo del estado en 1991. Su patio de secado es de los mas grandes del país (Figura 3).

La incorporación de nuevos grupos culturales en procesos de colonización controlada y estimulada por el Estado caracterizaron este periodo. El surgimiento de las colonias El Topo de Tacagua (1825), entre el actual estado Vargas y Caracas; Tovar (1843), en el estado Aragua; Numancia (1852), en Puerto Tablas, Estado Bolívar; Araira (1874), en el estado Miranda y Chirgua (1938), en el Estado Carabobo (Troconis de Veracoechea, 1986: 317), por grupos de colonos escoceses, alemanes, daneses, franceses e italianos, respectivamente, fructificaron en estas experiencias. De ellas sobreviven Tovar, Araira y Chirgua, desarrollando singulares paisajes donde se mezclan las culturas foráneas con los paisajes naturales nativos, insertando nuevos rubros de frutales, cereales y hortalizas.

Además del café, durante el siglo XIX, la caña de azúcar siguió teniendo un papel relevante en la definición de paisajes rurales en muchos puntos de la geografía nacional, en los que a las extensas areas de cultivo se asociaban las estructuras para el procesamiento de la caña de azúcar (Figura 4). Caminos, acequias, trapiches y chimeneas se fueron diseminando a través del campo venezolano deviniendo en íconos singulares de sus paisajes.  

Las zonas áridas como las de la península de Paraguaná en el estado Falcón también albergaron importantes variantes del paisaje rural. La presencia del hato paraguanero, con sus típicas casonas introspectivas, cerradas hacia el exterior y con la presencia del granero es una variante singular. Ejemplos se tienen en la casa del hato Las Virtudes, El Cayude, Aguaque, San Francisco, La Cienega y Bajarigua, entre otras (López Petit, 2018, 15 de noviembre). De igual forma, otro paisaje rural característico es el paisaje del tabaco cuyas siembras se acompañaban de secaderos individuales o de espacios para esas funciones que cohabitaban con las edificaciones domésticas. Podemos ver ejemplos en localidades como Zaraza en el estado Guárico e incluso cerca de Caracas, en los testimonios que se conservan en la Hacienda La Trinidad, Estado Miranda.

Los tiempos terminales de este periodo preconizaban lo que vendría en el siguiente. La creación y apertura de fábricas en el periodo gomecista, alineado con el ideario positivista, señalaban un camino que a pesar de la dictadura abonó un camino para el futuro proceso industrial. El Lactuario Maracay, Telares e Hilandería Maracay, el Aserradero El Túnel en el conjunto de Santa Inés, Chocolates La India, Café Fama de América y Café Imperial, entre otros, eran industrias alimentadas por la producción de los diversos rubros agropecuarios en progreso.   

Otro paisaje rural de gran valor estético fue el que se fuera forjando en los territorios de las llanuras venezolanas, en los estados Portuguesa, Cojedes, Barinas, Apure, Guárico, Anzoátegui y Monagas en los que se conjugan la actividad agrícola con la pecuaria, asociados a centros poblados fundados en el periodo colonial como pueblos de misión y doctrina. Los Esteros de Camaguán, las Riberas del Arauca, los entornos de Barinas fueron y son paisajes vinculados a actividades agropecuarias que todavía hoy expresan excepcionales cualidades escénicas.


Figura 4: Paisaje rural de la caña de azúcar, Hacienda Santa Teresa, El Consejo, Estado Aragua.

PAISAJES RURALES EN LA MODERNIDAD

Aunque parece un contrasentido hablar de paisajes rurales en la modernidad, con la consolidación de la actividad petrolera desde 1928, si bien se fue desplazando la actividad agropecuaria, la plusvalía generada por ésta en el tiempo comenzó a ser reinvertida en la mecanización de los procesos de producción, otrora artesanales. Ello dio origen a trasmutaciones paisajísticas gracias a la actuación de tres factores. El primero fue el ensayo, inserción, mudanza y reemplazo de especies y rubros de producción; el segundo, el desarrollo de la actividad pecuaria y el tercero, la incorporación de estructuras de carácter industrial para la modernización de los procesos de manufactura, reelaboración de derivados, su envasado y distribución.

Nuevos rubros fueron diversificando el paisaje rural. La siembra extensiva de arroz, cebada, y avena; leguminosas como ajonjolí y maní; frutales como cítricos, patilla, lechosa, plátanos y cambures; hortalizas como lechuga, acelga, espinaca, berenjena, calabacín, tomate y auyama; tubérculos como la batata, fueron enriqueciendo y diversificando los paisajes rurales con diversas texturas, olores y colores producto de sus frutos.

En esta diversificación paisajística cumplirá un papel especial el aporte de nuevos grupos étnicos que llegaron al país en el periodo de entreguerras, incrementándose notablemente a raíz de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. En especial, en el lapso entre 1948 a 1958, importantes contingentes de españoles, italianos, portugueses, yugoslavos, alemanes, rumanos, rusos, chinos, polacos, ucranianos, húngaros, austríacos, armenios, belgas y griegos llegaron a sumar nuevas iniciativas agrícolas y pecuarias en diversos puntos del país aupados, además de la iniciativa particular por el impulso del Instituto Técnico de Inmigración y Colonización, del Instituto Agrario Nacional y del Centro Intergubernamental para las Migraciones Europeas (Pozo, 1999).

Entre los  nuevos rubros a extenderse como generador de paisajes destaca el arroz, que aunque ya se conocía y cultivaba, se producía de manera incipiente y dispersa en mayor o menor grado, en las diferentes entidades del territorio nacional. Se robustece para el abastecimiento local y explotación comercial, debido a su alta demanda como parte de la dieta venezolana,  intensificándose a partir de 1953, mediante un  plan arrocero desarrollado en la colonia agrícola de Turén, estado Portuguesa. En ese año, se siembran 32.517 hectáreas, con un volumen de producción total de 41.650 t. A partir de ese momento se fue expandiendo su cultivo y producción generando nuevos paisajes concentrados en dos grandes zonas: la Región Central, en el estado Guárico y la Región de los Llanos Occidentales, destacando en los estados Portuguesa y Cojedes. A ellos se suman en menor grado otros sectores ubicados en los terrenos llanos de los estados Barinas y Delta Amacuro (Páez N, 2004: 23).

Por otro lado, además de la actividad agrícola durante esta etapa es de destacar también la intensificación e industrialización de la actividad pecuaria, en sus diversas variantes, vacuna y porcina, mayoritariamente y caprina, equina y bovina en menor grado, de acuerdo a las condiciones geo climáticas más acordes al hábitat idóneo para el desarrollo de las diferentes especies. Ello generó un amplio panorama de tipos de paisajes rurales que conjugan las expresiones culturales asociadas a la cría  con el entorno natural afín a su medio de vida, de acuerdo a su topografía, clima, fuentes hídricas y vegetación dominante (Figura 5).

En consecuencia, podemos señalar la diseminación de paisajes asociados a la ganadería vacuna en las entidades del Distrito Federal, Aragua, Carabobo, Cojedes, Zulia y Miranda. Caprina en los estados Falcón, Lara, Zulia y Sucre. Ovina en las zonas áridas de los estados Falcón, Zulia, Lara, Mérida y Trujillo. Por su lado la ganadería equina se localiza principalmente en los estados Guárico, Apure, Anzoátegui, Bolívar, Monagas y Zulia; acompañada de núcleos menores de ganadería asnal en los estados Anzoátegui, Guárico, Sucre, Apure, Lara, Barinas, Bolívar, Falcón y Monagas y mular en Táchira, Miranda, Lara y Trujillo (Costa, 2011, febrero 25).

En cuanto al proceso de industrialización, paralelo al de la agricultura, este tiempo se caracteriza por la aparición y diseminación de estructuras en forma de fábricas, galpones, plantas azucareras y torrefactoras, que vinieron a reemplazar a los antiguos trapiches, trillas y molinos artesanales. Los Valles de Caracas, Aragua y Carabobo en el centro; los de Lara, Falcón y Zulia en la zona occidental; los de Trujillo, Mérida, y Táchira en la región andina o las llanuras de Cojedes, Portuguesa, Guárico, Apure y Barinas, devienen en nuevos paisajes culturales de vocación rural ahora contaminados por la presencia de artefactos industriales que no en pocos casos constituyen espléndidos testimonios históricos de estos procesos y, que también implican relevantes ejemplos de arquitectura industrial por reconocer y valorar como parte del patrimonio cultural. Santa Bárbara del Zulia con su producción agropecuaria o las siembras de plátano en las proximidades de los Puertos de Altagracia, constituyen estupendos paisajes rurales dentro de este escenario.

Innumerables empresas como la Central Azucarera El Palmar, Montalbán, las fábricas de Alfonso Rivas & Cía, Alimentos Polar, Cerveza Zulia, Cervecería Caracas, Mavesa, Ron Pampero, Ron Santa Teresa (Figura 4), Ron Cacique, Café Fama de América, Aceites Branca, Lácteos Carabobo, entre tantos otros, constituyeron dignos ejemplos de la inversión en los procesos de industrialización de los frutos del campo y la deseada “siembra del petróleo” aclamada por Arturo Uslar Pietri desde tiempos tempranos en reacción a la desmedida explotación irracional de la renta petrolera (Abreu Olivo, Edgar et al.,2000).


Figura 5: Paisaje rural ganadero en Zaraza, Estado Guárico.

PAISAJES RURALES DE LA CONTEMPORANEIDAD

El proceso que se iniciara a partir de 1958, destinado a la sustitución de importaciones mediante el estímulo a la creación de empresas e industrias para el procesamiento de materias primas tuvo un momento estelar entre las décadas de 1960 y 1970. En 1974, cuando los ingresos por la venta de petróleo tocaron zénit, era el momento para invertir en la reelaboración de materias primas en productos secundarios. No obstante, la tendencia gubernamental, con ciertas excepciones, se orientó a seguir exprimiendo la renta petrolera sin visualizar que en un futuro medio era insostenible el sistema, haciéndose además absolutamente dependiente de las fluctuaciones del mercado petrolero. En el presente, cuando la capacidad productiva del campo se ha reducido al mínimo, producto de las expropiaciones de tierras y empresas productivas, es el momento de volver a dirigir la mirada a la tierra y entender que la verdadera riqueza está en el trabajo, en la generación de productos que diversifiquen la economía y generen empleo para todos los sectores de la economía.

El reemplazo de las especies tradicionales de los diferentes paisajes para generar otros tipos de cultivos puede ser una iniciativa racional desde un punto de vista netamente económico, a simple vista, pero es una visión miope que se focaliza en la inmediatez. No obstante, va contra corriente cuando se trata de la afectación a paisajes culturales asociados a la vocación histórica de determinadas especies.

El reemplazo, por ejemplo de los cultivos tradicionales de caña de azúcar por platanales, en el caso de los Valles de Aragua, es un ejemplo claro de no entender las potencialidades que algunos países han aprovechado al reconocer sus potencialidades en materia de paisajes culturales de vocación rural, en los que no solamente el producto directo del fruto cultivado es el objetivo, sino también toda la cultura asociada con estos desarrollada en su entorno, la cual puede ser, tanto o más productiva que el resultado directo de la cosecha.


Figura 6: Paisaje rural de los hatos paraguaneros en el Cayude, Paraguaná, Estado Falcón.

CONCLUSIONES

En el presente, hoy más que nunca, tenemos el reto de reconstruir el país, atendiendo a  las demandas insatisfechas de necesidades primarias, dentro de las cuales, conjugar la producción de los rubros agropecuarios característicos de los diferentes contextos bioclimáticos no será suficiente. Dirigir la mirada a los rasgos culturales asociados a ellos y su canalización y perfeccionamiento a partir de los aportes contemporáneos es primordial. Aprovechar los beneficios que nos ofrece la Industria 4.0 mediante la digitalización de los procesos productivos fabriles y el uso de sistemas de información para transformar los procesos productivos en miras a obtener logros más eficientes y de bajo impacto ecológico, además del desarrollo del turismo cultural y la artesanía gastronómica, con conciencia ambiental, pueden representar nuevas fuentes de ingresos tanto para las poblaciones que habitan esos paisajes culturales rurales, como para los inversionistas, proyectando puertas afuera del país nuestra identidad cultural con orgullo, mas allá del codiciado petróleo.

Hay iniciativas loables en el rescate de la producción de cacao y de la caña de azúcar y su elaboración artesanal o semi industrial para la elaboración de chocolate y ron, respectivamente, con calidad de exportación. Son, no obstante, emprendimientos puntuales que aún carecen de fortaleza suficiente como para volver a tomar el eje productivo de la economía nacional en la linea agrícola. Ellas y otras deberían ser estimuladas para crecer y hacer de ellas actividades que involucren a toda la población, diversificando la economía y virando de una vez la tendencia histórica del país como estado mono-productor, vulnerable a las oscilaciones del mercado, otrora agrícola y en el presente, minero-petrolero. Ese es el reto.

REFERENCIAS

Abreu Olivo, Edgar et al. (2000). Inicios de modernidad: Marcas de fábrica y comercio en el sector alimentación en Venezuela 1877-1929. Caracas: Fundación Empresas Polar.

Arcila Farías, Eduardo. (1997). Compañía Guipuzcoana [Voz]. En Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas: Fundación Empresas Polar.

Amodio, Emanuel y Molina, Luis. (2010). Presentación Historia y Antropología de la caña de azúcar en Venezuela. En Revista venezolana de Economía y Ciencias Sociales. La caña de azúcar en Venezuela. Vol. 16, Nº 3, 2010 septiembre/diciembre. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Universidad Central de Venezuela, pp. 115-116.

Amodio, Emanuel. (2010). Geografía temprana de la caña de azúcar en Venezuela (siglo XVI). En Revista venezolana de Economía y Ciencias Sociales. La caña de azúcar en Venezuela. Vol. 16, Nº 3, 2010 septiembre/diciembre. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Universidad Central de Venezuela, pp. 117-140.

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Gumilla, José. (1745). El Orinoco ilustrado y defendido: Historia Natural, civil y geographica de este gran río y de sus caudalosas vertientes goviernos, usos y costumbres de los indios sus habitadores, con nuevas y utiles noticias de Animales, Arboles, frutos, aceytes, refinas, yervas y raices medicinales; y sobre todo, se hallaran conversiones muy singulares a n. santa fe y casos de mucha edificación escrita por el Padre Joseph Gumilla, de la Compañía de Jesús. Madrid: Manuel Fernández.

López Petit, Hely. (2018, 15 de noviembre). El Cayude. En Imágenes Históricas de Paraguaná. Consultado en En https://www.facebook.com/1618440811609497/posts/el-cayude-una-de-las-casas-de-hato-m%C3%A1s-importantes-de-paraguan%C3%A1-construida-a-fin/1959968890790019/

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Páez N, Orlando. (2004). El Cultivo del Arroz en Venezuela. Serie Manuales de Cultivo INIA N° 1. Maracay: Ministerio de Ciencia y Tecnología. Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas y Alfredo Romero.

Pozo, Moraiba Tibisay (1999). Comunidades Biculturales Binacionales en el Área Metropolitana de Caracas. En Pozo, Moraiba Tibisay Pozo y González Ordosgoitti, Enrique Alí. Diversidad Cultural de Comunidades Residenciales Venezolanas. Caracas: Fondo Editorial Tropykos : Asociación Civil INDICEV, Asociación Civil CISCUVE y CONAC.

Prieto, Miguel Ángel. (2016). Arqueología, espeleología e Historia de Toromaina. Una ciudadela indígena precolombina en la montaña del peñón de las Adjuntas. Macarao. Caracas. Venezuela. Suramérica. Caracas: Fundación Simón Rodríguez. Ministerio del Poder Popular para la Educación.

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Troconis de Veracoechea, Ermila. (1986). Colonias agrícolas en Venezuela. En Ensayos de historia: libro homenaje a Eduardo Arcila Farías. Caracas: Instituto de Estudios Hispanoamericanos (Venezuela), Academia Nacional de Ciencias Económicas y Universidad Central de Venezuela, pp. 315-381.

Fuentes de las figuras:

Figura 1: Dal89. (2008). El Campo en Mérida. Venezuela. En Wikimedia Commons. Consultado en https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Campo_de_M%C3%A9rida.JPG 

Figura 2: Martínez, Diego. (2016, diciembre 16). Chuao, Estado Aragua, Venezuela. En Mejía Daniela. "Los protectores del cacao de Chuao". El Estímulo,  Sección Bienmesabe. Caracas. Consultado en http://elestimulo.com/bienmesabe/los-protectores-del-cacao-de-chuao/ 

Figura 3: Espasamerida. (2019).  Hacienda La Victoria, Mérida, Venezuela. En Photobucket. Consultado en https://photobucket.com/gallery/user/espasamerida/media/bWVkaWFJZDo5NDQ1NzM1/?ref= el 16 de abril de 2019.

Figura 4: Belmonte, Jesús. (s.f.). Hacienda Santa Teresa, Estado Aragua. En Minube. El Consejo. Hacienda Santa Teresa.  Caracas: Minube [plataforma web]. Consultado en https://www.minube.com.mx/fotos/el-consejo-c325571 el 16 de abril de 2019.

Figura 5: Lezama, Julio. (2017, diciembre 27). Laguna cerca de Las Tinajas, Zaraza, Estado Guárico. En Lezama, Julio. Camino a los llanos venezolanos, Estado Guárico. Caracas: Steemet Beta [plataforma web].  Consultado en https://steemit.com/spanish/@juliolezama/camino-a-los-llanos-venezolanos-estado-guarico-venezuela el 16 de abril de 2019.

Figura 6: Anón. (2019, enero 29). El Cayude. En Imágenes históricas de Paraguaná. En I ♥ Punto Fijo. [Grupo de facebook]. Punto Fijo, Venezuela: autor.  Consultado en https://www.facebook.com/ILovePuntoFijo/posts/im%C3%A1genes-hist%C3%B3ricas-de-paraguan%C3%A1el-cayude-una-de-las-casas-de-hato-m%C3%A1s-important/10158312075620031/ el 16 de abril de 2019.



martes, 17 de abril de 2018

18 de abril de 2018: Día Internacional de los Monumentos y Sitios: Patrimonio para nuestras generaciones






Figura 1: La Escuela de Atenas
 (Sancio, 1510-1512, En Wikimedia Commons).

Y nosotros los arquitectos que nos encargamos de los monumentos arquitectónicos, que aprendemos a leer esta historia en las estructuras de los edificios, en sus ornamentos, en las  transformaciones, en la estratigrafía y en las superposiciones de las intervenciones que representan cada generación de individuos lejanos y cercanos…, necesitamos conocer cómo cada época encuentra o niega su pasado de acuerdo a su propia visión, con el presupuesto de definir su propia posición en su presente particular y con miras a su continuidad en el futuro…(Ceschi, 1970).



Introducción


El Día Internacional de los Monumentos y Sitios se celebra desde 1983. Su origen se remonta al 18 de abril de 1982, cuando la reunión de la directiva del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios – ICOMOS, coincidió en Hammamet con el Coloquio organizado por el Comité Nacional de ICOMOS de Túnez. En esa ocasión se decidió instituir el Día Internacional de los Monumentos y Sitios, con la idea de conmemorarlo cada año a nivel mundial, como una oportunidad para despertar la conciencia colectiva sobre la diversidad del patrimonio mundial y los esfuerzos requeridos para su protección y conservación, así como para hacer un llamado de atención hacia su vulnerabilidad. Esta propuesta fue planteada por el Comité Ejecutivo de ICOMOS a la UNESCO y aprobada por la Conferencia General de este organismo en su 22ª Sesión, en noviembre de 1983.

Desde entonces, el ICOMOS sugiere un tema anual para analizar y desarrollar por parte de los comités y sus miembros esta fecha, favoreciendo la realización de actividades con el fin de propagar y enriquecer el conocimiento sobre el patrimonio cultural entre los propietarios, los entes públicos y privados, involucrados en la materia, así como en el público en general, relacionando de esta manera un tema global con las realidades nacionales y/o locales.

Este año, el tema seleccionado para su conmemoración es “Patrimonio para nuestras Generaciones”. Encarna un tema que en el caso venezolano se torna notablemente sensible, ante la situación general que vive el país, promotora de la diáspora de sus ciudadanos, y en especial de las generaciones más jóvenes; el relevo generacional de todas sus áreas, dentro de las cuales la Conservación del Patrimonio Cultural no es una excepción.

Alarma ver como los jóvenes egresados, preparados en áreas como la Arquitectura, el Urbanismo, la Ingeniería, las Artes, la Literatura, la Historia, la Arqueología, la Antropología, la Geografía, la Biología, la Música entre otras, emprenden nuevos rumbos en pro de anclar su destino en otras tierras, donde poder ejercer las disciplinas que con esfuerzo y pasión lograron coronar y el Estado y sus familias apoyar. En el mejor de los casos, esas generaciones siguen nuevas vías para continuar estudios de cuarto nivel, en espera de perfeccionar su formación para regresar al país a ejercer los saberes para los cuales se han preparado. Pero en otro, permanecen en los nuevos destinos que se verán favorecidos por la llegada de emigrantes preparados.  Es triste ver como los discípulos que han transitado por las aulas se gradúan e inmediatamente despegan buscado forjarse el futuro que el suelo natal les niega.

Esperamos que este clamor induzca un llamado de atención a la opinión pública y en especial a las clases dirigentes, porque el principal patrimonio de un país es su gente, sus ciudadanos; sin ellos no hay patrimonio tangible, ni intangible que conservar, ni seguir cimentando para enriquecer las listas del legado cultural en germen; aquel que las próximas generaciones futuras han de disfrutar, usufructuar y seguir conservando para su transferencia a las venideras hasta la perpetuidad.


Tal vez una contribución para hacer comprender lo que significa esta situación podemos encontrarla en la misma Historia de la disciplina de la Conservación, donde el traspaso de saberes entre unos autores y otros, a través del tiempo fue consolidándola y perfeccionándola, con todos sus matices y bemoles, hasta hacer de ella el complejo mundo que en la actualidad ocupa a múltiples disciplinas a nivel mundial, en favor de la preservación de la herencia natural y cultural, como instrumento de resguardo de la paz mundial y por añadidura, de la elevación de la calidad de vida de la Humanidad.

La Antigüedad clásica: las primigenias generaciones de la conservación


La Historia nos señala cómo a través del tiempo, durante las diversas épocas y estilos de su devenir, las sociedades, en sus variadas formas de vida, a través de sus generaciones han ido transfiriendo su legado natural y cultural, además de la modalidad de valorarlo e interpretarlo a las siguientes, quienes a su vez las adoptan, las enriquecen o reducen, en función de nuevas realidades, para de nuevo devolverlas a la cadena del tiempo hasta perderse en la eternidad.

Desde la antigüedad clásica, la transferencia de saberes de los maestros, filósofos, artistas y científicos a sus discípulos permitió su persistencia en el tiempo, quienes, al heredarlos, los siguieron engrandeciendo, incorporando nuevas visiones que permitieron forjar otros horizontes. Claro ejemplo de la cesión de saberes y tradiciones lo representa la figura del filósofo griego Platón (c. 427 - 347 a. C.) quien fue seguidor de Sócrates, pero a su vez maestro de Aristóteles, Eudoxo de Cnido, Jenócrates, Heráclides Póntico, Espeusipo, Filippo de Opunte y León de Bizancio (Delius et al, 2005).

Otra figura clave de la cultura griega es la de Fidias (Atenas, h. 490 a.C.- 431 a.C.), discípulo de Egia y de Agéladas de Argos. Fue el arquitecto responsable de la reconstrucción de la Acrópolis de Atenas en tiempos de Pericles y junto a sus educandos, Alcámenes, Colotes y Agorácrito, además de coetáneos como Praxíteles, Lisipo y Escopas, forjaron la etapa dorada del Helenismo (Azcárate Ristori, 1986:73). Su legado se transfirió a las generaciones sucesivas, quienes a su vez las reelaboraron, procediendo a realizar acciones de reparación, reintegración de partes, reconstrucción y reproducción de obras, que eran las técnicas que conceptualmente empleaban para la preservación de la memoria de sus precursores.

En Roma, por su lado, Marco Vitruvio Polión (c. 80-70 a. C.-15 a. C.) fue receptor en parte y transmisor de ese legado, a través de los diez libros que conforman su obra De Architectura (27 a. C. - 23 a. C.), inspirada en los teóricos helenísticos, y dedicados a la difusión de los valores de las obras de aquel periodo al emperador Augusto.





Figuras 2, 3 y 4: Platón (Marie-Lan Nguyen, 2006. En Wikimedia Commons),
Fidias (Anón, s.f. En El Litoral), y Vitrubio (Anón, s.f. En Arkiplus).
 
Entre el Paleocristiano y el Gótico: un largo tránsito entre mutaciones y nuevas creaciones 


La Edad Media representa un largo periodo de más de diez siglos, que se extienden desde el siglo V, en el año 476, con la caída del Imperio Romano de Occidente hasta al siglo XV, en el año 1492, con la llegada de Colón a América, durante los cuales se continuaron traspasando los conocimientos de forma anónima de los maestros mayores de los gremios de artesanos, a sus discípulos. Los conocimientos de cantería, albañilería, carpintería y forja, y con ellos las sabidurías para perfeccionar la elaboración, pero a la vez su conservación y restauración, se resguardaban en la medida que estas actividades se hacían necesarias para preservar la remembranza de sus sitios, edificios y obras de arte.

A ello hay que agregar que durante la Edad Media los vestigios del pasado antiguo fueron considerados como “los lazos que mantenían la identidad y el prestigio de una edad asimilada y apropiada como substancia necesaria para alimento y desarrollo de una nueva cosmovisión, pero sin intervenir en ello la ruptura irreflexiva de la historia” (González Varas, 2008). En consecuencia, la adopción de lo heredado y la transmisión entre generaciones generó una conexión con la antigüedad, reinterpretada como sustento para seguir construyendo el futuro.

A pesar del anonimato dominante, debido al colectivismo de los gremios artesanales, figuras como Pierre de Montreuil (1200-1267), autor de la capilla y refectorio de la abadía de Saint-Germain-des-Près, director de las obras de la catedral de Notre-Dame y posible autor de la Santa Capilla de París; Jean de Chelles (siglo XIII) y Pierre de Chelles (siglo XIII), también maestros de la Catedral de Notre Dame de París; Arnolfo di Cambio (1232 o 1245 – 1310), proyectista de las catedrales de Florencia,  Orvieto y la basílica de la Santa Cruz de Florencia; Juan Guas (1430-1496) maestro de las catedrales de Ávila, Segovia y la iglesia de San Juan de Los Reyes de Toledo, por mencionar algunos nombres que han trascendido, entre muchos otros anónimos, laborarán transfiriendo el conocimiento a sus discípulos, proceso que repetirán con la misma fórmula hasta los albores del Renacimiento.




Figuras 5, 6 y 7: Pierre de Montreuil (Harmonia Amanda, 2007. En Wikimedia Commons), Arnolfo di Cambio
 (Sailko, 2006. En Wikimedia Commons) y Juan Guas (José Luis Filpo Cabana, 2016. En Wikimedia Commons).


Del Renacimiento al Barroco:  reelaboraciones del lenguaje clásico


Las etapas del Renacimiento y el Barroco nos remiten nuevos testimonios exhaustivos de la misma directriz, aunque sin duda de manera más documentada que en las etapas precedentes. A través de las generaciones de mecenas y maestros se fueron forjando los noveles artistas y científicos que revolucionaron a la postre, sus respectivas disciplinas. No obstante, es una fase de gran contradicción, en tanto por un lado se valoraban los modelos de la antigüedad como fuentes de inspiración, por otro, se intervenían o destruían con cierta indiferencia obras originales en pro de la fábrica moderna (Ceschi, 1970).

El escultor italiano Nicola Pisano (1215/1220 - 1278/1284), considerado uno de los últimos representantes de la escultura medieval gótica y pionero del Renacimiento, formará a Arnolfo di Cambio, (1232 o 1245 – 1310), autor de la Catedral de Florencia, de cuya obra parte Filippo Brunelleschi (1377-1446), para concretar la cúpula sobre la estructura portante iniciada por su predecesor, conservando la preexistencia medieval. Las ideas novedosas de Brunelleschi serán continuadas y magnificadas por León Battista Alberti (1404-1472). Y este hilo continúa en la trayectoria de los siguientes maestros.

Leonardo Da Vinci (1452-1519) estudió con el célebre pintor florentino Andrea de Verrocchio; Miguel Angel Buonarroti (1475-1564) se formó con Domenico y Davide di Tomaso di Currado -los Ghirlandaio- y Rafaello Sancio -Rafael de Urbino- (1483-1520) se preparó con Giovanni Santi, Timoteo Viti y Pietro Perugino. Todos tuvieron importantes maestros, no obstante, los discípulos tomando la esencia del legado de sus tutores lo reelaboraron y magnificaron en sus obras hasta transformarlo en el símbolo de la época del Renacimiento. Figura clave de la valoración y defensa del patrimonio en esa época la constituye precisamente Rafael Sancio cuando en 1515, le fueron otorgados poderes como “Comisario o inspector de las Antigüedades de Roma", en pro de contener la depredación en ciernes sobre los monumentos romanos y preservar al menos, los epígrafes y obras de arte dispuestos sobre las edificaciones en proceso de desmantelamiento como el Coliseo.

Cuando Giorgio Vassari (1511-1574) publica “Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos italianos desde Cimabue hasta nuestros tiempos” (1550 y 1568), primera Historia del Arte y la Arquitectura, esta deviene en virtuoso símbolo del tributo crítico realizado por un discípulo para valorar y glorificar el genio creador de aquellos, entre otros sus maestros y compañeros del Renacimiento (Chueca Goitia, 2000).

Y con el surgir del Manierismo surgen nuevas señales de este continuo devenir generacional. Giulio Romano (1499-1546), fue prominente alumno y asistente de Rafael. Siguiendo sus enseñanzas, a la postre concluye algunas de sus obras y Andrea di Pietro della Góndola -Palladio- (1508-1580), al ser motivado por su mentor, el humanista y arquitecto Gian Giorgio Trissino, le acompaña a Roma en 1551, quedando prendado por la magnificencia de la arquitectura romana, imagen que imprimiría el imperecedero sello clásico a su obra.

En el Barroco, las figuras de Bernini (1598-1680) y Borromini (1599-1667) nos aportan otros signos. Bernini se forma con su padre, el escultor Pedro Bernini y Borromini hace lo propio con su longevo pariente, Carlo Maderno (1556-1629). Ambos trascenderán a sus maestros elevando y connotando hasta el presente las disciplinas artísticas de la época de la Contrarreforma.



Figuras 8, 9 y 10: Leonardo Da Vinci (Anón., 1600 ca. En Wikimedia Commons),
Miguel Angel Buonarroti (Jacopino del Conte, d. 1535. En Wikimedia Commons) y
Rafael Sancio (Rafael, 1506 ca. En Wikimedia Commons, 2018).

Del Neoclasicismo al Romanticismo: El despertar al valor del amplio espectro cultural

De igual forma, en el siglo XVIII, el arqueólogo Johann Joachim Winckelmann (1717-1768) se instruye en cultura griega de la mano de los docentes del Instituto Salzwedel de Brandeburgo y luego en la Universidad de Halle-Wittenberg, a partir de cuyas luces emprende su reivindicación de la cultura griega, en obras pioneras como Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura (1755) e Historia del arte de la Antigüedad (1764). Por su lado, el arquitecto oriundo del Véneto, Giovanni Battista Piranesi (1720 -1778) hace lo propio cuando se prepara en Venecia con su tío materno Matteo Lucchesi, que fungía de Magistrato delle Acque en la ciudad, para defender el legado etrusco y romano (Chueca Goitia, 2000).

Otro tanto aportará el arquitecto sueco-británico William Chambers (1723-1796), quien trabajando en la Compañía Sueca de las Indias Orientales, se aproxima al estudio de la arquitectura china y luego de laurearse en Arquitectura en París con Jacques-François Blondel (1705-1774) y los miembros del círculo de Jacques Germain Soufflot, seguiría la pauta, contribuyendo también a despertar el interés por el legado de las culturas orientales en obras como Designs of Chinese buildings, furniture, dresses, machines, and utensils: to which is annexed a description of their temples, houses, gardens, & c (1757).


Figuras 11, 12 y 13: Johann Joachim Winckelmann (Kauffman,1764. En Wikimedia Commons), Giovanni Battista Piranesi (Labruzzi, 1779. En Wikimedia Commons) y William Chambers (Cotes, 1764. En Wikimedia Commons).

También en Francia, los revolucionarios arquitectos Étienne-Louis Boullée (1728-1799) y Claude-Nicolas Ledoux (1736-1806), se preparan en la École des Arts de París, de Jacques-François Blondel, quien les insuflará su atracción por el gusto clásico y la revalorización de aquellas formas de la antigüedad que tomarán como modelos para forjar una nueva arquitectura y a la vez valorar y preservar la preexistente, como lo hace Boullée en el Palacio del Eliseo. Este será maestro a la vez de Jean-Nicholas-Louis Durand (1760-1834), quien, formado en su taller, servirá luego de difusor de los tipos y formas clásicas para el resto de Europa y América con su Précis des lecons d'architecture (1802-1809).

Situaciones paralelas se darán en Alemania en las figuras de Langhans (1732-1808) y David Friedrich Gilly (1748-1808) y su hijo Friedrich Gilly (1772-1800), quienes a su vez contribuirán en la formación de Karl Friedrich Schinkel (1781-1841) y Leo Von Klenze (1784-1864); todos ellos defensores y difusores del gusto neoclásico en ciudades como Berlín y Múnich (Chueca Goitia, 2000).

Y en el siglo XIX, bajo el ideario del Romanticismo, la labor de Félix Duban (1789-1870), Prosper Mérimée (1803-1870) y Jean-Baptiste-Antoine Lassus (1803-1870), en la siembra de afecto hacia el patrimonio edificado francés, y en particular al de factura medieval, en el joven Eugene Viollet-Le-Duc (1814-1874), desconocían el impacto que su labor docente llegaría a alcanzar en forjar la obra de su pupilo en las décadas subsiguientes y para el resto de la historicidad. Lo dicho, tanto en aspectos dogmáticos en contenidos como Diccionario de la Arquitectura Francesa de los siglos XI al XVI (1854-1868), Mémoire sur la défense de Paris (1871) y Entretiens sur l'architecture (1863-1872), entre tantos otros, como en los pragmáticos, a través del vastísimo número de obras intervenidas, en el contexto de la Francia del Segundo Imperio (Chueca Goitia, 2000).


Otrora ocurriría en Inglaterra con John Ruskin (1819-1900), cuya labor crítica a favor de la conservación, diseminada en sus Siete Lámparas de la Arquitectura (1849) y Las Piedras de Venecia (1851-1853), obtendrían frutos concretos a la postre en el joven William Morris (1834-1896), quien desde la trinchera académica de Oxford y a pesar de fallecer antes que su maestro, ampliaría su legado al instalar la Sociedad para la protección de edificios antiguos (Society for the Protection of the Ancient Building) y el Movimiento de Artes y Oficios (Arts and Crafts), como instrumento para recuperar los saberes intangibles de los oficios artesanales del Medioevo, en miras a su aplicación en la conservación y como instrumento indirecto de reivindicación social.





Figuras 14 y 15: Eugene Viollet-Le-Duc (Nadar,s.f. En Wikimedia Commons) y
John Ruskin (Barraud, 1863. En Wikimedia Commons).

Entre siglos y entreguerras: tiempo de maduración disciplinar en tiempos de Modernidad

La transmisión del debate teórico de la conservación y la restauración del escenario galo y anglosajón a los confines itálicos, dará nuevos ejemplos de la cesión de principios y preocupación conservativa del patrimonio entre las figuras de Camilo Boito (1836-1914), Luca Beltrami (1854-1933), Adolfo Venturi (1856-1941), Gaetano Moretti (1860-1938) y Gustavo Giovannoni (1873-1947). Ellos, recibiendo el legado de sus predecesores, fueron sucesivamente reflexionando sobre el tema para ir acuñando nuevos términos y principios que decantan en las corrientes de la Restauración Filológica, la Restauración Histórica y la Restauración Científica respectivamente, además de contribuir con numerosos trabajos de restauración (González Varas, 2008). Todo este debate converge en la Conferencia Internacional de Atenas para la Restauración y su documento conclusivo, la Carta de Atenas (1931).


Y desde el contexto austrohúngaro, también aflora la figura de Alois Riegl (1858-1905) quien formado en la Escuela de Historia del Arte de la Universidad de Viena, de la mano de Franz Brentano, Alexius Meinong, Max Budinger y Robert Zimmerman, además de la impronta de Giovanni Morelli, llegará a ser presidente de la Comisión de Monumentos Históricos de Austria y entonces concentrar su aporte en El Culto Moderno a los Monumentos (1903), una obra visionaria que todavía, al día de hoy, mantiene vigencia respecto al juicio de los valores que en la época moderna reposan sobre los bienes culturales.



Figuras 16, 17, 18 y 19: Camilo Boito (Varischi, Artico e C.,1906. En Wikimedia commons), Luca Beltrami (Anon., 1930. En Wikimedia commons), Adolfo Venturi (Anón., 1930 ca. En Wikimedia commons) y Gustavo Giovannoni (s.a., 1863. En Wikimedia commons)

Progresivamente estos legados y posturas teórico-prácticas se van transfiriendo, absorbiendo y reelaborando en otros países, adecuándolas a sus propios contextos. En España, por ejemplo, surgen figuras como Vicente Lampérez y Romea (1861-1923), discípulo de Ricardo Velázquez Bosco y Leopoldo Torres Balbás (1888-1960) a su vez del anterior, quienes asumen estas doctrinas y las siguen desarrollando en su contexto.

En Venezuela también podemos encontrar el papel pionero en muchos arquitectos que, sin considerarse restauradores, ya desde el siglo XIX desempeñaron acciones equivalentes a las de Le Duc, Boito y Beltrami cuando les tocó intervenir sobre edificios preexistentes, conservando de ellos lo que valoraron, gracias a lo cual, en parte estos inmuebles han llegado hasta nuestros días. Ello, además de dedicarse a la formación de las nuevas generaciones. Ejemplos podemos hallar en Juan Hurtado Manrique (1837-1896) y su discípulo Alejandro Chataing (1873-1928) cuando comparten los trabajos de readecuación y ampliación del antiguo Mercado de San Jacinto (1896). Y de manera solitaria cuando el primero interviene sobre el antiguo Convento de San Francisco (1873-1875) para su adecuación como sede de la Universidad de Caracas o en la antigua cárcel y palacio de gobierno colonial, para adecuarlo como Palacio del Ejecutivo guzmancista, la llamada Casa Amarilla (1874-1875). Por su lado Alejandro Chataing sigue la pauta al diseñar el Palacio de Hacienda (1906) sobre el Convento de Carmelitas, o la Academia de Bellas Artes (1903-1906) sobre la casona colonial que fuera del Marqués de Solorzano y en tiempos republicanos residencia de Luisa Cáceres de Arismendi.

Otro ejemplo resalta en los hermanos arquitectos Pedro José (1868-1915) y Luis Beltrán Castillo (1883-1923), primeros titulados en Venezuela como tal, quienes se forman, primero en el Colegio Santa María y luego en la Escuela Nacional de Ingeniería, bajo la guía mentora de Agustín Aveledo (1837-1926). La conciencia de respeto insuflado en su educación se pone de manifiesto cuando a Luis le corresponde proyectar la ampliación de la abadía San José del Ávila (1926) sobre el Internado emprendido por su hermano Pedro José y más tarde al proyectar la nave central de Santa Capilla (1917-1921) sobre el complejo precedente concebido por Juan Hurtado Manrique. Otros casos podemos topar en Antonio Malaussena (1853-1919) y Alejandro Chataing cuando participan en equipo en la pseudo-restauración de la Casa Natal del Libertador Simón Bolívar (1914); en Ricardo Razetti (1868-1932), cuando interviene la Catedral de Maracay (1930), o Gustavo Wallis (1897-1979), en los dos momentos que actúa sobre la Catedral de Caracas (1931 y 1967), son testimonios que, sin ser restauraciones, constituyen los precedentes de la disciplina en nuestro país.

Volviendo al contexto externo, la destrucción masiva de ciudades y pueblos, edificios y obras de arte, causados por las dos guerras mundiales dará pie a nuevas reflexiones y defensores de la conservación del Patrimonio Natural y Cultural, situación que impulsará  el establecimiento  de la Organización de las Naciones Unidas -ONU- (1945) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura -Unesco- (1945), como instrumento para garantizar la paz a través del estímulo a la educación, la ciencia y la cultura.

En ese hilo, nuevos actores emergen en el contexto italiano. Siguiendo la puerta abierta por Renato Bonelli (1911-2004) y Roberto Pane (1897-1987), al acuñar el concepto de la Restauración Crítica, figuras como Cesare Brandi (1906-1988), Piero Gazzola (1908-1979), Carlo Ludovico Ragghianti (1910-1987) y Liliana Grassi (1923-1985) alimentarán con sucesivos aportes su cruzada sobre la misma línea, la cual conlleva a la redacción de la Carta de Venecia (1964) y a la publicación de la Teoría de la Restauración (1964) de Cesare Brandi, texto dogmático y riguroso para orientar y reconducir el deber ser de la disciplina, después de los tiempos aciagos inmediatos a la extendida reconstrucción como panacea, durante la segunda postguerra (González Varas, 2008).




Figuras 20, 21 y 22: Renato Bonelli (s.a.,1990. En Orvieto news),
Roberto Pane (s.a.,1980 ca. En Agora vox Italia) y Cesare Brandi (s.a.,1960 ca. En cesarebrandi.org.)

Pero de manera análoga, otros profesionales emergentes como Marco Dezzi Bardeschi (1934) y Amadeo Bellini (1940) harán lo propio en favor de otra vertiente, dirigida hacia la Conservación Integrada, mientras que un tercer grupo de disidentes como Paolo Marconi (1933-2013) abogan en la Segunda Carta del Restauro (1987) de la cual sería su coordinador y en L’architectura restaurata: Arte e cultura della manutenzione dei monumento (1984), Duplicazioni, copie, restauri (1994), Materia e significato, (1999), entre otras, su interés por una Cultura de Mantenimiento, la atención a la fábrica original y el trabajo sobre el monumento (González Varas, 2008).

Entre tanto, figuras como Umberto Baldini (1921-2006) con su Teoría del restauro e unitá di metodología (1978- 1981) y Giovanni Carbonara (1942) en su Avvicinamento al restauro. Teoría, storia e monumenti (1997), plantean la continuidad de la Restauración Crítica bajo una óptica revisionista.

Unos y otros retrotraen el debate al binomio ideológico decimonónico entre Le Duc y Ruskin, restauración y conservación, una centuria después, pero agregando los saberes que el tiempo ha ido madurando y decantando sobre la disciplina de la conservación.



Figuras 23, 24, 25 y 26: Marco Dezzi Bardeschi (Emanzamp, 2013. En Wikimedia Commons),
Paolo Marconi (Anón., 1906. En Portal de Restauración), Umberto Baldini (Anón., 1970 ca. En Stamp Toscana) y Giovanni Carbonara (Anón., 1990 ca. En Portal de Restauración).

Fin del siglo XX y umbral del nuevo milenio: entre la esperanza y la sustentabilidad


Y el pase de testigo continuará entre las generaciones siguientes, durante las décadas finales del siglo XX y las iniciales del XXI, cuando nuevos escenarios se fueron gestando, globalizándose gracias a la labor de instituciones como el Consejo Internacional de Museos -ICOM- (1946), la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza -IUCN- (1948), el Centro Internacional de Estudios para la Conservación y la Restauración de los Bienes Culturales -ICCROM- (1956), el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios -ICOMOS- (1965) y el Comité Internacional para la documentación y conservación de la arquitectura y el urbanismo del movimiento moderno -DOCOMOMO- (1988), entre otras, en cuyas filas se han ido incorporando los nuevos profesionales para seguir en esa labor de sinapsis entre unas generaciones y otras.

El Consejo Internacional de Monumentos y Sitios -ICOMOS- por otro lado, a través de sus miembros organizados en comités nacionales y comités científicos ha ido desarrollando nuevas cartas temáticas especificas por regiones, tipologías edilicias y/o técnicas constructivas, que basadas en los preceptos de la Carta de Venecia han ampliado y aclarado su aplicación a casos específicos.


En España, figuras como Antoni González Moreno Navarro (1943) con su Restauración Objetiva y el Método SCCM de restauración monumental (1999) y Antón Capitel (1947) con Metamorfosis de monumentos y teorías de la restauración (1988) o de generaciones más recientes como Salvador Muñoz Viñas (1963), con la conceptualización de una Teoría Contemporánea de la Restauración (2004) e Ignacio González Varas (1967) con su Conservación de bienes culturales. Teoría, historia, principios y normas (1999) y Patrimonio Cultural: Conceptos, debates y problemas (2015), han incorporado aspectos novedosos al debate de la Conservación y la Restauración como disciplina.




Figuras 27, 28 y 29: Antoni González Moreno Navarro (Anón., 1999 ca. En Diputació de Barcelona),
Antón Capitel (Prensacah20, 2011. En Flickr) y
Salvador Muñoz Viñas (Anón., 2000 ca. En Institut Universitari de Restauració del Patrimoni, UPV).


Y en América, profesionales de las áreas de la Historia de la Arquitectura y del Urbanismo, del Arte y de la Conservación y Restauración de bienes culturales también contribuirán con la valoración, defensa y preservación del patrimonio cultural. Desde las generaciones pioneras donde podemos encontrar a figuras como Martin Noel (1888-1963), Gérard Morisset (1898- 1970), Emilio Harth Terre (1899-1983), Ángel Francisco Guido (1896-1960), Manuel Toussaint y Ritter (1890-1955), Diego Angulo Iñiguez (1901-1986), Mario José Buschiazzo (1902-1970), Max Ludwig Cetto Day (1903-1980), Enrique Marco Dorta (1911-1980), Henrique Ephim Mindlin (1911-1971), Paul Damaz (1917-2008), Marina Waisman (1920-1997), Israel Katzman (1930), Manuel Mijares y Mijares (1930-2012), Daniel Taboada Espiniella (1931), Sylvio Mutal (1932-2017), Jaime Ortiz Lajous (1933-2017), Alberto Corradine Angulo (1933), Sergio Zaldivar Guerra (1934), Jacques Dalibard (1935-2007), Jorge Alberto Manrique (1936-2016), Hernán Crespo Toral (1937-2008), Carlos Flores Marini (1937-2015), Salvador Díaz Berrio (1940-2013), Javier Villalobos Jaramillo (1941-2017), Robin Letellier (1944-2007), Herb Stovel (1948-2012), Alfonso Ortiz Crespo (1948), entre otros, sembrarán sucesivamente en las nuevas generaciones, el interés por la valoración y conservación del patrimonio, las cuales, focalizadas en cada uno de los países del continente americano irán consolidándose y gestando sus propios grupos de relevo.

En Norteamérica, podemos referir a Dinu Bumbaru,Guy Mason, François LeBlanc, Robert Lemon y Christina Cameron en Canadá; a Gustavo Araoz, Jan C. K. Anderson, Jeanne Marie Teutónico, Frank G. Matero, Pamela Jerome y Michael Taylor en Estados Unidos y en México a Ramón Bonfil Castro, Alberto González Pozo, Francisco Javier López Morales, Olga Orive, Rocío Acosta Chávez, Patricia Correa y Rocío Garza-Leonard.

En Centroamérica son de mencionar, en Guatemala, profesionales como José Alejandro Flores, Donald del Cid, José María Magaña y Blanca Niño Norton. En Nicaragua Nelson Brown Baquero; en Honduras Gloria Lara Pinto. En El Salvador Joaquín Aguilar, Miguel Ángel Rosales, Óscar Alfredo Sosa González, Irma Etelvina Flores Urrutia y Bertha Marina Meléndez Zelaya. En Costa Rica, William Monge y Ofelia Sanou y en Panamá Manuel Choy y Ester Navarro Brin.

En las islas del Caribe, en el caso de República Dominicana podemos referir los nombres de Eugenio Pérez Montás y de Esteban Prieto Vicioso, en tanto en su vecino país, Haití, a Albert Mangonés, su hijo Frederick Mangonés, Patrick Delatour, Daniel Elie y Didier Dominique. En Cuba a Daniel Taboada Espiniella, Isabel Rigol Savio, Ángela Rojas Ávalos, Nelson Melero Lazo, Enrique Capablanca y Carlos Dunn. En Puerto Rico a Efraín Pérez-Chanis, Ricardo Alegría, Beatriz del Cueto López, Agamemnon Gus Pantel, Magda Bardina-García, Doris Maza García y Milagros Flores, así como en Jamaica a Patricia Elaine Green y en Curazao a Fernando Julián.

Para cerrar con Suramérica, además del caso de Venezuela, podemos hallar en la vecina Colombia figuras como German Téllez, Alberto Corradine Angulo, Guillermo Trimmiño Arango, Rodolfo Ulloa Vergara, Roberto de la Vega, Silvia Arango, Juan Luis Isaza Londoño y Alberto Samudio. En Ecuador a Alfonso Ortiz Crespo, Wilson Herdoiza y Antonela Fustillos. En Perú a Víctor Pimentel, Ruth Shady Solís, Patricia Navarro Grau, Julio Vargas Neumann, Alejandro Alba Valderrama. En Bolivia José de Mesa, Teresa Gisbert, Mireya Muñoz, Pedro Querejazu y Elizabeth Torres. En Brasil a Augusto da Silva Telles, Suzanna do Amaral Cruz Sampaio, Paulo Ormindo de Azevedo, Mário Mendonça de Oliveira y María Isabel Kanan. En Argentina a Ramón Gutiérrez, Graciela María Viñuales, María de las Nieves Arias Incolla, Alfredo Conti, Luis María Calvo y Jorge Tartarini. En Paraguay, María Teresa Gaona. En Uruguay Rubén García y Mariella Russi Podesta, y en Chile a Edwin Binda Compton, Mónica Bahamondez Prieto, Jorge Atria Lannefranque y José de Nordenflycht.

Valga esta revisión histórica para honrar también a las generaciones pasadas y presentes de Venezuela, en las disciplinas de la Arquitectura, el Urbanismo, la Conservación, las Artes, la Ingeniería, la Arqueología, el Diseño, la Historia del Arte y de la Arquitectura, la Geografía, la Biología, la Literatura, entre tantas otras, que han contribuido con su conocimiento a la valoración y preservación del patrimonio cultural y natural.

Profesionales como Leoncio Martínez -Leo- (1888-1941), Armando Reverón (1889-1954), Carlos Manuel Möller (1896-1966), Carlos Raúl Villanueva (1900-1975), Francisco Narváez (1905-1982), Arturo Uslar Pietri (1906-2001), Armando Planchart (1906-1978), Alfredo Boulton (1908-1995), Isabel Aretz (1909-2005), Guillermo Meneses (1911-1978), Josep María Cruxent (1911-2005), Juan Manuel Zapatero y López-Ayala (1918-2004), Guillermo José Schael (1919-1989), Aquiles Nazoa (1920-1976), Leszek Zawisza (1920-2014), Alejandro Otero (1921-1990), Tomas José Sanabria (1922-2008), Mauro Páez Pumar (1923-1974), Sofía Imber (1924-2017), Graziano Gasparini (1924), Margot Benacerraf (1926), Víctor Manuel Fossi Belloso (1928-2014), Juan Pedro Posani (1931), Erika Wagner Koppelt (1937), José Antonio Abreu (1939-2018), Carlos Federico Duarte Gaillard (1939), Paolo D’Onghia (.s.f-2007), Gustavo Diaz Spinetti (s.f.), Marcos París del Gallego (s.f.), entre otros, abrieron el camino a las sucesivas generaciones de profesionales.

La lista se extiende en orden generacional y hasta los diferentes ámbitos de la geografía nacional en los nombres de Rudolph Moreno, Leoncio Martínez, Omar Hernández, Ramón Paolini, Eligia Calderón Trejo, Manuel López Vila, Luis Guillermo Marcano, Ciro Caraballo, Mariela Maiz Russian, Anders K. Noorgard W., María Eugenia Carrasquel, Germán Mantilla Monagas, Milagros Ochea, Mildred Egui Boccardo, Sara Atienzar, María Carlota Ibáñez, Rafael Loreto, Silvia Hernández de Lasala, María Eugenia Bacci, Lorenzo González Casas, Ileana Vásquez de La Torre, Ana María Monzón, Mercedes Fuenmayor, Juan José Pérez Rancel, Vilma Nobile, María Fernanda Jaua, Henry Vicente Garrido, Maya Felice, Hannia Gómez, Beatriz Meza, Enrique Cerón, Milagros Aldana, Antonieta Álvarez Herrera, Luis Polito, María Ortiz, Lesmes Castañeda, Carlos Rodríguez, Alfonso Olivares, Juan Borges, José Antonio Arrieta, Virginia Vivas, Luis Molina, Fabiola Velasco, Orlando Araque, Solvey Romero, Claudia Rodríguez, Josennya Noroño, Patricia Morales, María Victoria Herrera, Fabiola López Durán, Thamaira Caraballo, Francisco Pérez Gallego, Simón Cruz, Carolina Cotto, Jesús Galíndez, Nelly del Castillo, Carmen Dali, Juan Carlos León, Melín Nava, Orlando Marín, Mario Santana, Luis Guillermo Román, Javier Cerisola, Pablo Ballini, Soraya Nweihed, Roberto Stiuv, Anabella Spagnolo, Mariela Cavalieri, Cynthia Bakos, Marnie Soto, Ana Cecilia Flores, Debby Avendaño, Gregory Vertullo, Hersilia Barbosa, Maritza Angarita, Hernán Lameda, Valeria Ragone, Blanca Rivero y Luis La Rosa, entre otros, quienes desde sus diversas disciplinas en el ámbito del ejercicio profesional, institucional, gubernamental, artístico, científico, académico, docente, investigativo, y/o editorial, han contribuido a construir y a preservar la venezolanidad y cuyo fanal, todavía en el presente, ilumina y se proyecta hacia el futuro como norte, en la permanente construcción de la identidad nacional y la preservación del patrimonio cultural y natural.

Y de igual forma, debemos señalar a las jóvenes generaciones en formación, ya que ellas representan el germen de los líderes del futuro, y quienes, pese a todos los obstáculos, han de perseverar por formarse y prepararse para contribuir con su trabajo a la defensa del patrimonio cultural y natural actual y a la construcción del patrimonio cultural del futuro, para que dicho legado pueda permanecer y ser disfrutado en los milenios porvenir. Mantengamos la esperanza.







Comité Venezolano del 

Consejo Internacional de Monumentos y Sitios