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viernes, 17 de abril de 2020

18 de abril de 2020: Día Internacional de los Monumentos y Sitios: Culturas compartidas, patrimonio compartido, responsabilidad compartida


Cada año, con motivo del Día Internacional de los Monumentos y Sitios, ICOMOS propone un tema para las celebraciones y actividades organizadas por sus Comités, miembros y socios. Este año, 2020 será dedicado al tema “Culturas compartidas, Patrimonio compartido, Responsabilidad compartida”. El lema representa una oportunidad en el caso venezolano ya que permite reconocer el carácter que su patrimonio cultural edificado tiene como resultado colectivo, forjado por los aportes de todos los grupos humanos que a lo largo de la historia se han ido sumando sobre el territorio. Su ubicación al norte de América del Sur, con frente al mar Caribe y límites con la región andina, al suroeste y con la selva amazónica, al suroeste, aportó una serie de paisajes, climas y entornos naturales, que sirvieron de base. A estos se sumaron los sujetos, de rasgos étnicos diferentes que, a través del tiempo, trajeron consigo gustos y costumbres, para imponerlos en unos casos, o fusionarlos concertadamente en otros, hasta definir el espectro misceláneo de rasgos culturales, sincrético y mestizo que en la actualidad lo caracteriza.

PERIODO PREHISPÁNICO

Los datos que se manejan sobre las primeras poblaciones que ocuparon el territorio venezolano datan de la época paleoindia, alrededor de 15.000 años a. C., procedentes de migraciones que desde el continente asiático penetraron en América a través del estrecho de Behring, por donde llegaron hasta Alaska, y de allí se dispersaron hacia Norteamérica, Centroamérica y Suramérica (Suárez, 1988). A partir de entonces el territorio se fue poblando y mezclando, estableciendo contactos con otras tribus del continente antes de 1492, dando origen a fusiones entre grupos étnicos de familias que tenían raíces lingüísticas, costumbres y formas de habitar diversas. La heterogeneidad etnográfica resultante que presentan los primitivos habitantes del actual territorio venezolano es desde su origen una determinante para considerar la heterogeneidad y mixtura de su patrimonio.

De estas han pervivido hasta el presente 34 grupos tribales clasificados en cuatro grandes familias lingüísticas: la Caribe,  que agrupa a los Akawaio, Mapoyo, Yabaraña, Yekuana, Eñepa o Panare, Pemón, Kariña y Yukpa; la Arawak, que reúne a los Arnaco, Wayuu o Guajiros, Añú o Paraujanos y los Arawak del río Negro (curripaco, guarekena, baré, piapoco y baniva); la Chibcha, que reúne a los Barí; y un cuarto grupo heterogéneo, donde se insertan los de lenguas independientes, no vinculadas con las anteriores, como los Guahíbo, los Warao o Guaraúnos, los Cuiva, los Yanomami, los Hoti y los Yaruro (Suárez, 1988).

Unos grupos eran errantes en su origen, deambulaban a través del territorio; otros sedentarios que fueron forjando sus hábitats y moldeando diversos tipos edificados; la gran mayoría sobre la tierra, aunque cercanos a fuentes hídricas; otros directamente sobre el agua como los Añú y los Waraos. Todos nos han legado, por tanto, más que un patrimonio tangible, diversas manifestaciones inmateriales que conducen a través de sus técnicas constructivas a forjar patrones morfológico-espaciales tangibles, que se repiten de generación en generación para satisfacer sus necesidades espaciales y de socializaión. Forman parte de un legado que trasciende al hecho construido, involucrando al patrimonio intangible, en manifestaciones como la cerámica, cestería, textiles, etc. En el ámbito arquitectónico los grupos aborígenes nos legaron técnicas constructivas como el bahareque y la horconadura, además de los diversos tipos de viviendas, colectivas como el “Ette” yekuana, la "Churuata” piaroa, el "Shabono" yanomami y el "bohío" barí o monofamiliares como el "Palafito" paraujano y la vivienda panare, algunas de las cuales, por los procesos de transculturización, están siendo amenazadas de desaparecer (Gasparini y Margolies, 2005).

Figura 1: Shabono Yanomami (Jürgen Escher / Adveniat, 2016)

PERIODO HISPÁNICO

El llamado periodo colonial por unos, hispánico por otros, ha sido valorado con todos los matices desde su conclusión. Fue la etapa por excelencia del mestizaje, producto de la fusión forzada entre las culturas aborígenes y las procedentes de Europa y Africa. De estas, la primera, aunque fuera dominada por España, también arrastró desde los inicios, personajes y expresiones culturales de territorios que en la actualidad integran otras naciones de Europa, producto de las dimensiones y conexiones que representaba el Sacro Imperio Romano Germánico y luego el Imperio Español, con sus virreinatos, no solo americanos, sino también europeos. Italianos como Americo Vespucio, Giacome di Castiglione, Bautista y Juan Bautista Antonelli, Miguel Roncalli, Antonio Espelius, Agustin Crame, Juan Amador Courten, dan testimonio de lo diversa que fue la etapa colonial, producto de los cambios territoriales que el imperio español fue experimentando, entre adiciones y pérdidas territoriales, además de fusiones conyugales de sus monarcas, que en sí mismas eran híbridas entre diferentes reinos de Europa.

La imposición de nuevos temas y formas de concebir el espacio para satisfacer las necesidades humanas se posesionaron sobre las preexistentes, diversificándolas de manera, unas veces traumática, otras concertada, para ir perfilando el vastísimo legado construido del periodo colonial; desde la forma de planificar ciudades, hasta las edificaciones y su equipamiento, incluidas otras tantas expresiones culturales tangibles e intangibles, que igualmente expresan el proceso de hibridación cultural. 

En cuanto a las ciudades se tienen, desde las espontáneas e irregulares más próximas a la tradición medieval como fueron los casos de Nueva Toledo de Cumaná, Santa Ana de Coro o San Pedro de La Guaira. Luego, al entrar en cintura en los preceptos de las Leyes de Indias, ordenadas reticularmente como Santiago de León de Caracas, Nueva Valencia del Rey, Santiago de Los Caballeros de Mérida, Nueva Barcelona o Nueva Segovia de Barquisimeto, cuyos nombres dan idea de la fusión y traslación no solo de trazas, marcadas por el espíritu racionalista del Renacimiento (Gasparini, 1991), sino también de los imaginarios que se buscaban evocar allende el Atlántico.

Más tarde, durante el siglo XVIII, la, aunque tímida inserción de otras maneras de concebir el espacio urbano, con la diseminación de plazas por barrios y la inserción de nuevos espacios públicos como avenidas y alamedas (Blondet, 2008), que comienzan a jerarquizar las cuadras internas y a caracterizar los bordes urbanos de ciudades como Caracas, Angostura, Cumaná y Puerto Cabello, marcando distancia respecto al patrón cuadrangular de los siglos precedentes.

Y con lo urbano, la arquitectura. A las iglesias, conventos, cabildos y casas del siglo XVI, se añaden con el tiempo escuelas de latinidad y primeras letras, hospitales generales y lazaretos, universidades sobre los otrora conventos y por supuesto, un amplio espectro de tipos de fortalezas militares, desde castillos abaluartados y fortines, a baterías y hornabeques, además de las icónicas casas y factorías de la Real Compañía Guipuzcoana, que encarnaban otros aires culturales, diversos de los andaluces y extremeños de los primeros tiempos coloniales.

Pero, además del mestizaje forjado entre aborígenes y europeos, más que españoles, la ulterior fusión también forzada de la raza procedente del África, bajo los mecanismos del esclavismo, desde el siglo XVI vino, no obstante, a enriquecer y matizar aún más la hibridación cultural en ciernes, manifestándose en diversas expresiones del patrimonio cultural. Los afrodescendientes que arribaron a Venezuela, que procedían mayoritariamente de la costa del Golfo de Guinea, de la Costa de Oro y Benin y otra parte de la región del Congo-Angola (Pollak Eltz, 1972), trajeron costumbres y tradiciones que se debieron adecuar a lo encontrado, fusionándose hasta crear a su vez “una cultura nueva, original, basándose en raíces africanas, europeas e indígenas” (Pollak Eltz, 1972). En el patrimonio construido se manifestó en las cumbes, palenques, quilombos y cimarroneras, ámbitos donde recreaban en patios y corrales urbanos o en las tierras de las haciendas, los espacios tribales de sus lugares de origen. Así, en el ámbito de lo construido portan consigo formas de construir con tierra, que sumadas a las hispanas e indígenas terminaron de diversificar el panorama de opciones constructivas.

Figura 2: Castillo San Felipe, Puerto Cabello (Rousselon, s.f.)

PERIODO REPUBLICANO

Alcanzada la independencia, la republica intenta justamente salir del letargo y la crisis a partir de establecer contactos con otros estados y naciones para promover el desarrollo. Amparados en el espíritu del Romanticismo del siglo XIX y la consolidación de Inglaterra y Francia como referentes del mundo occidental en lo industrial y cultural, los dirigentes apuntan a estos países como modelos para la recuperación económica, luego de las guerras de independencia y las guerras intestinas.

Mediante convenios, tratados, contratos, concesiones y la fundación de ciudades-colonias, se produce una nueva licuefacción cultural. Franceses, ingleses, alemanes, italianos, corsos y árabes son algunos de los contingentes migratorios que siguen alimentando el proceso de hibridación cultural, venidos como factores o agentes de las casas comerciales, emisarios diplomáticos, expertos en asuntos limítrofes, por intereses científicos o inspiraciones artísticas. En ello tendría peso sustancial la predilección gala que marcara todas las acciones políticas de Antonio Guzmán Blanco, diseminando el gusto francófilo como referente cultural. Este traspasó el escenario urbano arquitectónico para impregnar la moda en todos sus ámbitos; el vestuario, los perfumes, la gastronomía, las diversiones. En el campo de la Arquitectura se insertan primero el neoclasicismo, seguido de otros historicismos como el neogótico o el neobarroco y luego el eclecticismo, dado campo abierto a seguir experimentando trasvases y fusiones culturales en todas las ciudades.

Un ejemplo notable se tiene en la singular solución del Palacio Federal Legislativo (1872-1877), donde la arquitectura historicista de ascendentes franceses, neoclásico al sur y neobarroco al norte se yuxtaponen a la composición de cuerpos en torno a un patio central de evocación colonial.  Las reminscencias de la Madelaine, Saint-Sulpice o la Sainte-Chapelle en las iglesias caraqueñas de Antímano (c. 1772), Santa Ana-Santa Teresa (1877-1881) y Santa Capilla (1883-1892) respectivamente, son otros ejemplos de estos trasvases culturales. 

En otros casos la traslación se manifiesta como una isla a nivel urbano territorial, como podemos valorar en la experiencia de las colonias agrícolas de la villa escocesa El Topo (1825-1827), en el Topo de Tacagua (Rheinheimer Key, 1986), la germánica Colonia Tovar (1843), en el corazón del estado Aragua (Zawisza, 1980), o la colonia Araira (1874-1900), primero francesa y luego italiana, en las proximidades de Guatire (Troconis de Veracoechea, 1996).

Figura 3: Patio Palacio Federal Legislativo (FreeRene, 2012)

PERIODO ENTRE DICTADURAS, DE GÓMEZ A PÉREZ JIMÉNEZ 

Las circunstancias mundiales producto de la Primera Guerra Mundial y el inicio de la explotación petrolera en el contexto nacional, sirvieron de marco y detonante de nuevas oleadas migratorias, algunas flotantes o transitorias, otras permanentes. Así se añaden a los contingentes europeos precedentes, primeramente la influencia de los Estados Unidos de Norteamérica, Inglaterra y Holanda, que llegan a través de los agentes y técnicos de las corporaciones petroleras y, al término de la Guerra Civil española en 1939 y de la Segunda Guerra Mundial en 1945 nuevas oleadas de europeos, principalmente españoles, italianos y portugueses, que portan consigo el saber de los  oficios y sus costumbres de vida; gastronómicas, artesanales, folclóricas, etc., introduciéndose paulatinamente hasta casi fusionarse con las costumbres identitarias precedentes. 

Unos traen con sus familias el “American Way of Life” que promueve el desarrollo de los campos petroleros, autopistas, urbanizaciones y usos afines tales como los edificios corporativos, tiendas por departamentos, supermercados, cinemas, clubes sociales, de golf, campos de beisbol, entre otros; temas que se van posando sobre las ciudades otrora coloniales. Otros con sus oficios desarrollan múltiples actividades que se integran en la sociedad hasta hacerse cotidianas; panaderías, pizzerías, restaurantes, constructoras. Poco a poco se van desdibujando las ciudades de los techos rojos que habían pervivido hasta las dos primeras décadas del siglo, para ver surgir torres de diversos tipos y lenguajes, en las manzanas céntricas y urbanismos de quintas en las periferias, que progresivamente se iban ensanchando.

A pesar de los cambios que produjeron, en muchos casos con la pérdida irreversible del patrimonio edificado de las etapas anteriores, se fue construyendo otro asimismo valioso, aunque lamentablemente a costa del sacrificio del precedente, por la escasa valoración que propios y ajenos le prestaron. Se configuró la imagen de un país próspero y moderno ante los ojos del mundo, que sumaba aportes innovadores de otras culturas a los ya existentes. Arriban nuevos lenguajes, unos anclados en el rescate de las tradiciones como el neohispánico, con sus variantes neocolonial, neo-vasco, neo-andaluz, etc.; otros versados en el espíritu de la máquina, desde reinterpretaciones locales del art decó, el yate style, el neoplasticismo, el expresionismo alemán o el international style, entre otros. Comienzan a aglutinarse en diversos sectores de las ciudades, tornándolas más complejas y heterogéneas, haciendo de ellas verdaderas "Ciudad Collage", en algunos sectores de manera armónica y unitaria, en otros de forma contrastante.

Así Venezuela llega, entre 1909 y 1958, a devenir en mostrario de obras proyectadas tanto por arquitectos nacionales como extranjeros; de los cuales algunos terminarán residiendo, proyectando y construyendo lo mejor de su trayectoria en Venezuela. Nombres como Manuel Mujica Millán, José Miguel Galia, Julio Volante, Arthur Kahn, Klaus Heufer, Federico Beckhoff, Dirk Bornhorst, Jan Gorecki o Graziano Gasparini se suman a los de otros arquitectos extranjeros de amplia trayectoria internacional que son convocados puntualmente para contribuir en la construcción de la Venezuela moderna, quienes solos o formando equipos con proyectistas venezolanos configuraron una de las más promisorias etapas de la arquitectura del siglo XX en América Latina (Martín Frechilla, 1994).

Figura 4: Hotel Avila (Caracas Ven y Descubrela, s.f.)


El amplio listado de temas gubernamentales, civiles y domésticos, aunados a la evolución de los lenguajes arquitectónicos de entre guerras, con los matices regionales que cada contexto le dio, van a encontrar campo fértil en Venezuela. Nacen urbanizaciones y villas neocoloniales (1928-1945), como las proyectadas por Manuel Mujica Millán y el mismo Carlos Raúl Villanueva. Edificios residenciales neovascos como Donosti (1949) y Gastizar (1950), por Miguel Salvador Cordón. Grupos escolares neocoloniales y modernos (1940-1945) por Luis Malaussena y Javier Yárnoz. Campos petroleros como Judibana (1948), por Skidmore, Owings and Merrill. Sedes corporativas como la Mobil (1946-1950) por Don Hatch, la Creole Petroleum Corporation (1947-1955), por Lathrop Douglass o la Royal Dutch Shell (1950), por Clarence Badgeley & Charles Bradbury. (Villota, 2018). Edificaciones hoteleras como el Ávila (1939-1942), por Wallace Kirkman Harrison y André Fouilhoux, o el Tamanaco (1953), por Holabird, Root & Burgee, con Guinand van der Valls. Edificios de oficinas privadas como el Phelps (1944) y el Gran Sabana (1945), por Clifford Charles Wendehack (Pérez Gallego, 2017); Cines como el Hollywood (1939), Rialto (1940) y Las Acacias (1945) y sedes bancarias como el Unión (1945), Caracas (1951), Mercantil y Agrícola (1952-1953), Venezolano de Crédito (1952-1953) y Maracaibo (1955), por Rafael Bergamín (González Casas y Vicente Garrido, 2010) o villas modernas como las de Gio Ponti, Antonio Lombardini o Richard Neutra.

A estos se suman proyectos no construidos como el Museo de Arte Moderno de Caracas (1955), por Oscar Niemeyer y el Centro Profesional La Parábola (1956), contratado a Rino Levi, que también constituyen testimonios de los influjos que se movieron en esta época y fueron forjando cambios vitales en las ciudades, al comienzo armónicos o concertados, luego más drásticos, en paralelo a muchas otras obras de los arquitectos nacionales.

Obra magna de esta época, que representa el trabajo mancomunado de profesionales, artistas y obreros, nacionales y extranjeros, es sin lugar a dudas el conjunto de la Ciudad Universitaria de Caracas, (1939-1958), bajo proyecto y coordinación del arquitecto Carlos Raúl Villanueva, con la participación de Gorka Dorronsoro, Juan Pedro Posani y Arthur Khan, entre otros, en el área de Arquitectura y de Juan Otaola en la Ingeniería. El proyecto de Síntesis de las Artes desarrollado en paralelo a través de sus espacios, le permitió a Villanueva involucrar a artistas venezolanos como Alejandro Otero, Oswaldo Vigas, Baltasar Lobo o Alirio Oramas, e internacionales de fama mundial como Alexander Cálder, Jean Arp, Victor Vasarely o Fernand Leger, concretando un conjunto integral cuya excepcionalidad como obra del genio creador humano, le valió su inclusión en la Lista del Patrimonio Mundial de Unesco en el año 2000 (Jaua y Marín, 2009). 

Figura 5: Aula Magna de la Ciudad Universitaria de Caracas (La Cuadra Universitaria UCV, s.f.)

PERIODO CONTEMPORÁNEO 

El periodo contemporáneo, más próximo, pero no por ello menos prolífico, siguió abonando la llegada de nuevos grupos migratorios, particularmente entre los años 1973 y 1978, cuando durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez se abrieron las puertas a la migración; en este caso de los países hermanos latinoamericanos como Colombia, Perú y Ecuador, además de Argentina, Uruguay y Chile procedentes del cono sur, que subyugados por férreas dictaduras militares impulsaban a sus conciudadanos a emprender caminos a otros rumbos, entre ellos a Venezuela, donde no solo encontraron habitar sino también desarrollarse en el campo laboral.

El área de la construcción fue particularmente receptora de mano de obra calificada para las obras, pero también se sumaron profesionales que no solo llegaron a ejercer en las áreas del diseño, la arquitectura y la ingeniería, contribuyendo también en el ámbito académico. Es una etapa dominada por distintas expresiones del Brutalismo en la arquitectura, que en la "Venezuela en construcción", se manifestó en espléndidas y racionales obras de concreto armado en obra limpia. 

Ejemplos significativos de esta fase, donde nuevamente se manifiesta la participación extranjera, tanto en la dotación tecnológica, como en la asesoría constructiva, tenemos en las obras del Metro de Caracas (1963-1983), cuyos proyectos iniciales corrieron bajo la asesoría de la firma Parsons, Brinckerhoff, Quade & Douglas de Nueva York y Alan Voorhees de Washington D. C., con el aporte del arquitecto Max Pedemonte, en la integración peatonal urbana y de las obras de arte en la arquitectura de las estaciones de las líneas 1 y 2. Desde el punto de vista técnico fue cardinal la influencia de los franceses, quienes no solo aportan el equipamiento de trenes, sino también la tecnología electrónica.

Otras obras de este periodo donde se involucran profesionales extranjeros, aunque formando equipo con los nacionales es el magno complejo de Parque Central (1970-1983), bajo la gerencia de construcción de la constructora Delpre C.A., a cargo del ingeniero Enrique Delfino, con proyecto arquitectónico de Enrique Siso y Daniel Fernández Shaw y la participación de los ingenieros Mario Paparoni y Serhiy Holoma (Council on tall Buildings and Urban Habitat 2012. (2012, julio 9). Otras obras como el Centro Banaven (1978) de Enrique Gómez, Carlos Eduardo Gómez y Jorge Landis, tuvieron la participación de la oficina Johnson & Burgee de New York, sirviendo también como ejemplo de la participación de profesionales extranjeros en esta etapa.

Importante sería también de señalar la inmensa inversión realizada en carreteras y autopistas, además de represas, centrales hidroeléctricas y refinerías, en las que tuvo especial participación en labores de cálculo, construcción y supervisión la empresa ítalo-venezolana Venezolana de Inversiones y Construcciones Clerico, C.A. VINCCLER, C.A. formada por Giacomo Clerico Bertola y Fedele Clerico Bertola, continuada por Juan Francisco Clerico (Vinccler C.A., 2010), actores fundamentales de obras como la Represa Raúl Leoni (1970-1990), el conjunto de Aislamiento de efluentes mercuriales del Complejo Petroquímico Morón (1988) o la Ampliación de la Refinería El Palito (1970).

Figura 6: Represa Raúl Leoni (Megaconstrucciones, s.f.). 

CONCLUSIONES

Para cerrar, podemos citar a Calvo (2007) cuando plantea que “la permanente hibridación que se ha dado en el ámbito latinoamericano de ideas, razas y culturas, amén de las variables geográficas signadas por la inmensidad y la desmesura, permite dotar a sus respectivos componentes de particularidades que están basadas fundamentalmente en la diversidad. El fenómeno de la metropolización, notable y dramático en esta parte del mundo, junto a las constantes migraciones de contingentes humanos del campo a la ciudad o de zonas pobres a zonas aparentemente ricas, ha trastocado los discursos tradicionales que sobre la identidad se han producido en su seno, permitiendo localizarla de otra forma en otros componentes o culturas producto de esas mismas circunstancias contemporáneas” (Calvo, 2007, p. 75).

Luego de esta visión retrospectiva, no queda más que agregar que en Venezuela, el patrimonio cultural y en especial el edificado, puede considerarse un producto colectivo, sin complejos identitarios, donde se han sumado para su concepción intelectual y construcción, venezolanos y extranjeros a través del tiempo, siendo por tanto receptor de múltiples influencias culturales y por tanto expresión del carácter híbrido o diverso que caracteriza a la sociedad venezolana y en consecuencia a todas sus expresiones culturales, incluida en estas la Arquitectura.

De allí que en este Día de Los Monumentos y Sitios del 2020, dedicado al tema “Culturas compartidas, Patrimonio compartido, Responsabilidad compartida” tan particular para todo el mundo, dadas las circunstancias  globales actuales y en el caso de Venezuela, que de  país receptor de inmigrantes ha pasado a ser emigrante, hacemos un llamado a la reflexión en pro de la valoración y conservación  de ese legado, en virtud de su carácter diverso, producto de las huellas que desde tiempos milenarios, los múltiples contingentes migratorios fueron trazando sobre el territorio en pro de forjar un patrimonio, construido por todos y para todos. 

FUENTES CONSULTADAS 

BLONDET, J.E. (2008). "A la sombra de la Alameda". Revista de Indias, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Vol. LXVIII, No. 244, pp. 69-84.

CALVO ALBIZU, A. (2007). Venezuela y el problema de su identidad arquitectónica. Caracas: Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Consejo de Desarrollo Científico y Humanístico, Universidad Central de Venezuela.

COUNCIL ON TALL BUILDINGS AND URBAN HABITAT 2012. (2012, julio 9). “Parque Central Torre Officinas I y II¨. En The Sky Scraper Center. The Global tall building database of the CTBUH. Disponible en http://www.skyscrapercenter.com/building.php?building_id=1229. Consultado el 17 de abril de 2020.

GASPARINI, G. (1991). Formación urbana de Venezuela: siglo XVI. Caracas: Armitano.

GASPARINI, G. y MARGOLIES, L. (2005). Arquitectura indígena de Venezuela. Caracas: Editorial Arte.

GONZÁLEZ, L. y VICENTE, H. (2010). “Mundos que se desvanecen: el exilio arquitectónico español en Venezuela”. En XIV Encuentro de Latinoamericanistas Españoles: Congreso Internacional, Sep 2010. Santiago de Compostela, pp.832-851.

JAUA, M.F. y MARIN, A. M. (2009). Ciudad Universitaria de Caracas Construcción de la utopía moderna. Caracas: Fundación Centro de Arquitectura - Centro de Arte La Estancia PDVSA.

MARTÍN FRECHILLA, J. J. (1994). Planes, planos y proyectos para Venezuela: 1908-1958 (Apuntes para una historia de la construcción del país). Caracas: Universidad Central de Venezuela.

PEREZ GALLEGO, F (2017). Clifford Charles Wendehack: Transferencias del “American Way Of Life” en Memorias Trienal de Investigación 2017. Caracas: Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad Central de Venezuela.

POLLAK ELTZ, A. (1988). “Procedencia de los esclavos negros traídos a Venezuela”. En: Vestigios africanos en la cultura del pueblo venezolano. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, Instituto de investigaciones Históricas, 1972, pp. 23-32.

RHEINHEIMER KEY, H. (1986). Topo: historia de la colonia escocesa en las cercanías de Caracas, 1825-1827. Caracas: Oscar Todtmann Editores.

SUÁREZ, M.M. (1988). “Aborígenes”. En Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas: Fundación Polar.

TROCONIS DE VERACOECHEA, E. (1996). Araira: una colonia agrícola en el estado Miranda. 1874-1900. Los Teques: Biblioteca de autores y temas mirandinos.

VILLOTA, J. (2018). Edificios de oficinas en Caracas: eslabones perdidos en la historia de la arquitectura corporativa norteamericana. Caracas: Fundación Espacio, Archivo de Fotografía Urbana y CCScity450.

VINCCLER CA. (2010). Quienes somos [Brochure]. Caracas: autor

ZAWISZA, L. (1980). Colonia Tovar: tierra venezolana. Caracas: Centro de Investigaciones Históricas y Estéticas, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad Central de Venezuela.


jueves, 18 de abril de 2019

18 de abril de 2019: Día Internacional de los Monumentos y Sitios: Los paisajes rurales



LOS PAISAJES RURALES EN VENEZUELA

En momentos como los que vive Venezuela actualmente, escribir sobre su patrimonio cultural no es fácil. Por un lado, es una necesidad, por otro puede parecer trivial cuando su principal patrimonio, la gente, que es la constructora de su cultura está padeciendo tantas calamidades. Aun así, este 18 de abril, como todos los años, se conmemora a nivel mundial el Día Internacional de los Monumentos y Sitios.

Su origen se remonta al 18 de abril de 1982, cuando en la reunión de la directiva del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios – ICOMOS, que coincidió en Hammamet con el Coloquio organizado por el Comité Nacional de ICOMOS de Túnez, se propuso instituir el Día Internacional de los Monumentos y Sitios, con la idea de conmemorar una jornada anual a nivel mundial, para despertar la conciencia colectiva sobre la diversidad del patrimonio mundial, la importancia de su protección y conservación y concienciar acerca de su vulnerabilidad. Esta propuesta fue planteada por el Comité Ejecutivo de ICOMOS a la UNESCO y aprobada por la Conferencia General de este organismo en su 22ª Sesión, en noviembre de 1983.

Cada año se decide una línea temática para focalizar los esfuerzos a escala internacional en el patrimonio asociado con ella. El tema de este año es el paisaje rural. Paradójicamente un aspecto que confronta a Venezuela con sus orígenes, anteriores al periodo colonial. Desde el siglo XX comenzó a identificarse a Venezuela como un país petrolero, en vías de desarrollo. Particularmente en 1928, el producto de exportaciones por petróleo  superó a las derivadas de los rubros, de índole agrícola o pecuario, que habían dominado el panorama económico desde los tiempos finales de la colonia, cuando se estableció la Capitanía General de Venezuela (1777), como estrategia borbónica para el control estratégico de un conjunto de provincias que habían itinerado, entre el Virreinato de Nueva España, a través de la Real Audiencia de Santo Domingo y el Virreinato del Perú, a través de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá.

La instalación de la Real Compañía Guipuzcoana, corporación comercial establecida por Felipe V en 1728 para monopolizar todas las transacciones entre España y la provincia de Venezuela, con sede en Caracas, transformada en 1785 en la Real Compañía de Filipinas, extendiendo su radio de acción hasta el Pacífico, reconocía el gran potencial agrario que la Provincia de Venezuela y sus aledañas, habían adquirido en el siglo XVIII.

Además del café, durante el siglo XIX, la caña de azúcar siguió teniendo un papel relevante en la definición de paisajes rurales en muchos puntos de la geografía nacional, en los que a las extensas areas de cultivo se asociaban las estructuras para el procesamiento de la caña de azúcar (Figura 4). Caminos, acequias, trapiches y chimeneas se fueron diseminando a través del campo venezolano deviniendo en íconos singulares de sus paisajes.

Las zonas áridas como las de la península de Paraguaná en el estado Falcón también albergaron importantes variantes del paisaje rural. La presencia del hato paraguanero, con sus típicas casonas introspectivas, cerradas hacia el exterior y con la presencia del granero es una variante singular. Ejemplos se tienen en la casa del hato Las Virtudes, El Cayude, Aguaque, San Francisco, La Cienega y Bajarigua, entre otras (López Petit, 2018, 15 de noviembre). De igual forma, otro paisaje rural característico es el paisaje del tabaco cuyas siembras se acompañaban de secaderos individuales o de espacios para esas funciones que cohabitaban con las edificaciones domésticas. Podemos ver ejemplos en localidades como Zaraza en el estado Guárico e incluso cerca de Caracas, en los testimonios que se conservan en la Hacienda La Trinidad, Estado Miranda.


Figura 1: Paisaje rural de cultivos en terrazas en Timotes, Estado Mérida

PAISAJES RURALES PREHISPANICOS

No obstante, los paisajes rurales ya se habían comenzado a moldear desde tiempos ancestrales producto de la interacción entre las culturas aborígenes y su entorno natural. Aunque algunas etnias eran al comienzo errantes por naturaleza y vivían de la caza, pesca y recolección, algunas más adelantadas optaron por afincarse en el territorio y desarrollar cultivos de especies autóctonas como el maíz, la yuca, el tomate y la papa, entre otras, productos de los cuales, algunos son inseparables indefectiblemente de la cultura gastronómica actual de Europa.

Por el lado de la cultura Caribe o Arawac, generalmente asociada con la actitud trashumante, diseminados por toda la cuenca del Caribe, conjugaron su carácter guerrero con núcleos germinales de asentamientos estables en los que también cultivaron cacao, maíz y yuca, los dos pilares fundamentales de su sustento alimentario. El conuco fue su expresión directa, reducto controlado donde un grupo producía lo necesario para su sustento y el incipiente intercambio con otros grupos indígenas. Estudios recientes plantean la hipótesis de que algunos grupos se hicieron sedentarios y desarrollaron transformaciones en el paisaje para el desarrollo de actividades agropecuarias, como sucediera en el valle de Caracas con los asentamientos agro-urbanos “Caraca” en el Ávila y “Toromaina” en Las Adjuntas, desarrollados por las tribus Toromaina, parte de los Mariche (Prieto, 2016).

Los grupos Timoto Cuicas, afiliados con la cultura Chibcha, asentado en los territorios de los estados andinos Trujillo, Mérida y Táchira ya presentaban testimonios de la modelación del paisaje, a través del desarrollo de cultivos en terrazas en laderas de montaña, como los de Timotes, que aprovechaban la escorrentía natural del terreno en pendiente de las estribaciones de los montes andinos para su concreción. Los cultivos de maíz, papa, frutales y hortalizas, conjugados con incipientes infraestructuras de mampostería de piedra concertada, caminos, muros separadores y escaleras fueron configurando bucólicos paisajes en las laderas andinas (Figura 1).

Según refería el misionero jesuita José Gumilla  las tribus de Guayana cultivaban maíz y yuca principalmente, pero entremezcladas con otras especies comestibles, desarrollando una estrategia ecológica que por un lado impedía el desarrollo de especies silvestres y por otro optimizaba el uso del suelo: “cuando siembran el maíz ya la yuca lleva una quarta de retoño, y entre una, y otra mata de yuca siembran una de maíz; y entre la yuca, y el maíz siembran batatas, chacos, calabazas, melones y otras muchas cosas, cuyos retoños como corren estendidos por los suelos, no impiden al maíz, ni a la yuca; antes bien, como cubren todo el suelo, a manera de una verde alfombra impiden que brote la tierra otras malas yervas” (Gumilla, 1745:275).

Figura 2: Paisaje rural del cacao en Chuao, Estado Aragua.

PAISAJES RURALES DEL PERIODO COLONIAL

Como señalábamos en la introducción, el paisaje cultural rural se siguió enriqueciendo a la par del mestizaje étnico social. La llegada de los europeos y luego la incorporación de población africana engendró una fusión cultural que incidiría también en la traslación de las tradiciones gastronómicas y medicinales en sentido bidireccional, lo cual trajo como consecuencia la inserción de nuevas especies de cultivos y formas para desarrollarlas. La inserción de la mano de obra esclava fue crucial en este aspecto. La explotación de las especies de cacao existentes y la refinación de su procesamiento para generar chocolate fue sin duda el gran aporte al paisaje rural del periodo colonial.

El cacao llegó a ser el producto más cotizado de todos cuantos la Compañía Guipuzcoana comercializó en la Provincia de Venezuela. Una vez abastecida ésta, la mercancía excedente podía ser transportada a las provincias de Cumaná, Trinidad y Margarita, e intercambiada por otros rubros como plata, oro y frutos destinados al comercio ordinario con España (Arcila Farías, 1997). El cacao venezolano gozaba de una alta reputación en los mercados mundiales. Debido a su precio ocupaba el tercer lugar en la demanda de productos después del oro y de la plata, y equivalente a la grana, otro artículo precioso de la época (Arcía Farías, 1997). Esto devino en la modelación del paisaje, en el que se combinaban las especies arbustivas y arbóreas con lo construido (Figura 2). No obstante, a la par del cacao también se fueron emprendiendo otros tipos de cultivo, aprovechando las cualidades climáticas de cada entorno. Se introdujeron café y caña de azúcar, e incluso trigo, entre otros.

El café fue incorporado a través de la región de Guayana cuando según referencias del sacerdote jesuita José Gumilla, él mismo sembrara un primer árbol en 1741, con intenciones ornamentales (Gumilla, 1745). El padre José Antonio García Mohedano lo trae a Caracas en 1784, ensayando la siembra de seis mil especímenes que no subsistieron. Debido a ello, el clérigo decidió unir esfuerzos con Pedro Palacios y Sojo (1739-1799), abuelo materno de Simón Bolívar, dueño de la hacienda La Floresta y el terrateniente de Chacao de ascendencia francesa Bartolomé Blandín (1745-1835), aficionado a la música y la agricultura, propietario de la hacienda Blandín, estableciendo una estrategia para su masificación e industrialización. El segundo ensayo de cincuenta mil plantas fue exitoso, obteniendo una abundante cosecha que fuera celebrada a finales de 1786 en los terrenos de la hacienda Blandín, actual Country Club de Caracas (Nissnick, 2018, septiembre 9).

Por su parte, la caña de azúcar, según versión compartida por la mayoría de los historiadores, fue introducida a Venezuela desde la isla de Santo Domingo a través de las costas de Santa Ana de Coro, por Juan de Ampíes colonizador y fundador de la ciudad, desde donde se extendió hacia el centro u otras regiones del país alrededor de los años treinta del siglo XVI (Amodio, 2010:117-118). Sin duda, aunque no es autóctona “aparece asociada a los primeros ensayos de fundación de centros poblados, tanto en oriente como en occidente. Junto al tabaco, el cacao, el añil y el café, fue uno de los rubros agrícolas que constituyeron la base de la economía venezolana desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta las primeras décadas del siglo XX” (Amodio y Molina, 2010:115).

Devino en una de las actividades económicas primordiales de varias regiones del territorio venezolano dando lugar al establecimiento de numerosas unidades de producción, conocidas en forma genérica como trapiches o ingenios (Amodio y Molina, 2010:115), que fueron redibujando los paisajes, entre otros, de los valles de Caracas, Aragua y Carabobo; de los valles del río Turbio, Yaracuy y El Tocuyo (Molina, 2010: 187-199) y de la planicie sur del lago de Maracaibo, entre Estanques y la desembocadura del río Escalante y el río Pocó, en los límites actuales entre los Estados Mérida y Trujillo (Ramírez, 2010:  141-164).

Estos rubros propiciaron nuevos paisajes. Las haciendas cafetaleras generaron espacios adecuados a la función; patios de secado, espacios de clasificación, trillas y almacenes fueron dibujando junto con las casas de hacienda del propietario, capataz y peones, verdaderas unidades de producción, destacando las haciendas La Floresta, Blandín, y Anauco, entre otras. Las haciendas de caña de azúcar y sus trapiches, además de la arquitectura doméstica también conformaron junto con sus chimeneas, salas de pailas, alambiques y almacenes estos paisajes. Las chimeneas eran los campanarios productivos de una incipiente labor preindustrial. Solo en Caracas podríamos recordar los testimonios de esta tradición en las casas de la Hacienda La Vega, Montalbán, Ibarra, San José, Coche y La Urbina.  En la provincia tenemos importantes vestigios en la Hacienda Casarapa en Guarenas, el Ingenio de los Bolívar en San Mateo, Los Villegas en Turmero, el Trapiche Los Clavos en Boconó, entre otros.

El añil, el tabaco y el algodón fueron otros rubros característicos de la época, que, de manera individual o entremezclada con otros, fue complejizando el paisaje haciendo de las tierras venezolanas un verdadero ajedrez o collage donde se entremezclaban especies, colores, texturas y aromas.
  
Figura 3: Paisaje rural del café, Hacienda La Victoria, Santa Cruz de Mora, Estado Mérida.

PAISAJES RURALES DEL PERIODO REPUBLICANO

La instalación de la república trajo consigo una situación económica traumática en sus inicios. El reacomodo de fuerzas y actores al mando de la producción para superar la grave crisis en que había quedado el país después de las guerras de independencia promovió el progreso de unos rubros respecto a otros. La ganadería, actividad que también había sido próspera, sobre todo en la región de Guayana estaba devastada. El sector agrícola lentamente se fue robusteciendo, comenzando a despuntar el café como cultivo principal, convirtiéndose así Venezuela, durante el siglo XIX, en el segundo productor mundial, después de Brasil (Nissnick, 2018, septiembre 9). Se mantuvo incólume como pilar de la economía nacional hasta la llegada del petróleo en la década de 1920, cuando específicamente en 1928, el petróleo superara al café como producto de exportación.

Debido a ello, nuevas haciendas se fueron sumando para su cultivo y procesamiento. Los piedemontes de las montañas en torno al valle de Caracas, los valles de Aragua en las localidades de Turmero y Cagua, los valles de Mérida como Santa Cruz de Mora y parte del estado Táchira, fueron importantes asientos de haciendas cafetaleras. Conjunto emblemático todavía activo es la Hacienda La Victoria, en Santa Cruz de Mora, cuyos orígenes se remontan a una pequeña hacienda adquirida por Feliciano Urdaneta a través de subasta pública (1854), quien la renombra como “Hacienda La Victoria”, en honor al logro alcanzado.  De este fue pasando por varios propietarios, hasta que la adquiere Don Simón Noé Consalvi. Este comienza a ampliarla sentando las bases del basto complejo, que sucesivamente luego pasara a manos de Luis Lares Prato, Don Calógero Paparoni y hasta Américo Paparoni, quien finalmente la vendió al ejecutivo del estado en 1991. Su patio de secado es de los más grandes del país (Figura 3).

La incorporación de nuevos grupos culturales en procesos de colonización controlada y estimulada por el Estado caracterizaron este periodo. El surgimiento de las colonias El Topo de Tacagua (1825), entre el actual estado Vargas y Caracas; Tovar (1843), en el estado Aragua; Numancia (1852), en Puerto Tablas, Estado Bolívar; Araira (1874), en el estado Miranda y Chirgua (1938), en el Estado Carabobo (Troconis de Veracoechea, 1986: 317), por grupos de colonos escoceses, alemanes, daneses, franceses e italianos, respectivamente, fructificaron en estas experiencias. De ellas sobreviven Tovar, Araira y Chirgua, desarrollando singulares paisajes donde se mezclan las culturas foráneas con los paisajes naturales nativos, insertando nuevos rubros de frutales, cereales y hortalizas.

Los tiempos terminales de este periodo preconizaban lo que vendría en el siguiente. La creación y apertura de fábricas en el periodo gomecista, alineado con el ideario positivista, señalaban un camino que a pesar de la dictadura abonó un camino para el futuro proceso industrial. El Lactuario Maracay, Telares e Hilandería Maracay, el Aserradero El Túnel en el conjunto de Santa Inés, Chocolates La India, Café Fama de América y Café Imperial, entre otros, eran industrias alimentadas por la producción de los diversos rubros agropecuarios en progreso.

Otro paisaje rural de gran valor estético fue el que se fuera forjando en los territorios de las llanuras venezolanas, en los estados Portuguesa, Cojedes, Barinas, Apure, Guárico, Anzoátegui y Monagas en los que se conjugan la actividad agrícola con la pecuaria, asociados a centros poblados fundados en el periodo colonial como pueblos de misión y doctrina. Los Esteros de Camaguán, las Riberas del Arauca, los entornos de Barinas fueron y son paisajes vinculados a actividades agropecuarias que todavía hoy expresan excepcionales cualidades escénicas.

Figura 4: Paisaje rural de la caña de azúcar, Hacienda Santa Teresa, El Consejo, Estado Aragua.

PAISAJES RURALES EN LA MODERNIDAD

Aunque parece un contrasentido hablar de paisajes rurales en la modernidad, con la consolidación de la actividad petrolera desde 1928, si bien se fue desplazando la actividad agropecuaria, la plusvalía generada por ésta en el tiempo comenzó a ser reinvertida en la mecanización de los procesos de producción, otrora artesanales. Ello dio origen a trasmutaciones paisajísticas gracias a la actuación de tres factores. El primero fue el ensayo, inserción, mudanza y reemplazo de especies y rubros de producción; el segundo, el desarrollo de la actividad pecuaria y el tercero, la incorporación de estructuras de carácter industrial para la modernización de los procesos de manufactura, reelaboración de derivados, su envasado y distribución.

Nuevos rubros fueron diversificando el paisaje rural. La siembra extensiva de arroz, cebada, y avena; leguminosas como ajonjolí y maní; frutales como cítricos, patilla, lechosa, plátanos y cambures; hortalizas como lechuga, acelga, espinaca, berenjena, calabacín, tomate y auyama; tubérculos como la batata, fueron enriqueciendo y diversificando los paisajes rurales con diversas texturas, olores y colores producto de sus frutos.

En esta diversificación paisajística cumplirá un papel especial el aporte de nuevos grupos étnicos que llegaron al país en el periodo de entreguerras, incrementándose notablemente a raíz de la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. En especial, en el lapso entre 1948 a 1958, importantes contingentes de españoles, italianos, portugueses, yugoslavos, alemanes, rumanos, rusos, chinos, polacos, ucranianos, húngaros, austríacos, armenios, belgas y griegos llegaron a sumar nuevas iniciativas agrícolas y pecuarias en diversos puntos del país aupados, además de la iniciativa particular por el impulso del Instituto Técnico de Inmigración y Colonización, del Instituto Agrario Nacional y del Centro Intergubernamental para las Migraciones Europeas (Pozo, 1999).

Entre los nuevos rubros a extenderse como generador de paisajes destaca el arroz, que, aunque ya se conocía y cultivaba, se producía de manera incipiente y dispersa en mayor o menor grado, en las diferentes entidades del territorio nacional. Se robustece para el abastecimiento local y explotación comercial, debido a su alta demanda como parte de la dieta venezolana, intensificándose a partir de 1953, mediante un plan arrocero desarrollado en la colonia agrícola de Turén, estado Portuguesa. En ese año, se siembran 32.517 hectáreas, con un volumen de producción total de 41.650 t. A partir de ese momento se fue expandiendo su cultivo y producción generando nuevos paisajes concentrados en dos grandes zonas: la Región Central, en el estado Guárico y la Región de los Llanos Occidentales, destacando en los estados Portuguesa y Cojedes. A ellos se suman en menor grado otros sectores ubicados en los terrenos llanos de los estados Barinas y Delta Amacuro (Páez N, 2004: 23).

Por otro lado, además de la actividad agrícola durante esta etapa es de destacar también la intensificación e industrialización de la actividad pecuaria, en sus diversas variantes, vacuna y porcina, mayoritariamente y caprina, equina y bovina en menor grado, de acuerdo con las condiciones geo climáticas más acordes al hábitat idóneo para el desarrollo de las diferentes especies. Ello generó un amplio panorama de tipos de paisajes rurales que conjugan las expresiones culturales asociadas a la cría con el entorno natural afín a su medio de vida, de acuerdo con su topografía, clima, fuentes hídricas y vegetación dominante (Figura 5).

En consecuencia, podemos señalar la diseminación de paisajes asociados a la ganadería vacuna en las entidades del Distrito Federal, Aragua, Carabobo, Cojedes, Zulia y Miranda. Caprina en los estados Falcón, Lara, Zulia y Sucre. Ovina en las zonas áridas de los estados Falcón, Zulia, Lara, Mérida y Trujillo. Por su lado la ganadería equina se localiza principalmente en los estados Guárico, Apure, Anzoátegui, Bolívar, Monagas y Zulia; acompañada de núcleos menores de ganadería asnal en los estados Anzoátegui, Guárico, Sucre, Apure, Lara, Barinas, Bolívar, Falcón y Monagas y mular en Táchira, Miranda, Lara y Trujillo (Costa, 2011, febrero 25).

En cuanto al proceso de industrialización, paralelo al de la agricultura, este tiempo se caracteriza por la aparición y diseminación de estructuras en forma de fábricas, galpones, plantas azucareras y torrefactoras, que vinieron a reemplazar a los antiguos trapiches, trillas y molinos artesanales. Los Valles de Caracas, Aragua y Carabobo en el centro; los de Lara, Falcón y Zulia en la zona occidental; los de Trujillo, Mérida, y Táchira en la región andina o las llanuras de Cojedes, Portuguesa, Guárico, Apure y Barinas, devienen en nuevos paisajes culturales de vocación rural ahora contaminados por la presencia de artefactos industriales que no en pocos casos constituyen espléndidos testimonios históricos de estos procesos y, que también implican relevantes ejemplos de arquitectura industrial por reconocer y valorar como parte del patrimonio cultural. Santa Bárbara del Zulia con su producción agropecuaria o las siembras de plátano en las proximidades de los Puertos de Altagracia, constituyen estupendos paisajes rurales dentro de este escenario.

Innumerables empresas como la Central Azucarera El Palmar, Montalbán, las fábricas de Alfonso Rivas & Cía, Alimentos Polar, Cerveza Zulia, Cervecería Caracas, Mavesa, Ron Pampero, Ron Santa Teresa (Figura 4), Ron Cacique, Café Fama de América, Aceites Branca, Lácteos Carabobo, entre tantos otros, constituyeron dignos ejemplos de la inversión en los procesos de industrialización de los frutos del campo y la deseada “siembra del petróleo” aclamada por Arturo Uslar Pietri desde tiempos tempranos en reacción a la desmedida explotación irracional de la renta petrolera (Abreu Olivo, Edgar et al.,2000).

Figura 5: Paisaje rural ganadero en Zaraza, Estado Guárico.

PAISAJES RURALES DE LA CONTEMPORANEIDAD

El proceso que se iniciara a partir de 1958, destinado a la sustitución de importaciones mediante el estímulo a la creación de empresas e industrias para el procesamiento de materias primas tuvo un momento estelar entre las décadas de 1960 y 1970. En 1974, cuando los ingresos por la venta de petróleo tocaron zénit, era el momento para invertir en la reelaboración de materias primas en productos secundarios. No obstante, la tendencia gubernamental, con ciertas excepciones, se orientó a seguir exprimiendo la renta petrolera sin visualizar que en un futuro medio era insostenible el sistema, haciéndose además absolutamente dependiente de las fluctuaciones del mercado petrolero. En el presente, cuando la capacidad productiva del campo se ha reducido al mínimo, producto de las expropiaciones de tierras y empresas productivas, es el momento de volver a dirigir la mirada a la tierra y entender que la verdadera riqueza está en el trabajo, en la generación de productos que diversifiquen la economía y generen empleo para todos los sectores de la economía.

El reemplazo de las especies tradicionales de los diferentes paisajes para generar otros tipos de cultivos puede ser una iniciativa racional desde un punto de vista netamente económico, a simple vista, pero es una visión miope que se focaliza en la inmediatez. No obstante, va contra corriente cuando se trata de la afectación a paisajes culturales asociados a la vocación histórica de determinadas especies.

El reemplazo, por ejemplo de los cultivos tradicionales de caña de azúcar por platanales, en el caso de los Valles de Aragua, es un ejemplo claro de no entender las potencialidades que algunos países han aprovechado al reconocer sus potencialidades en materia de paisajes culturales de vocación rural, en los que no solamente el producto directo del fruto cultivado es el objetivo, sino también toda la cultura asociada con estos desarrollada en su entorno, la cual puede ser, tanto o más productiva que el resultado directo de la cosecha.


Figura 6: Paisaje rural de los hatos paraguaneros en el Cayude, Paraguaná, Estado Falcón.

CONCLUSIONES

En el presente, hoy más que nunca, tenemos el reto de reconstruir el país, atendiendo a las demandas insatisfechas de necesidades primarias, dentro de las cuales, conjugar la producción de los rubros agropecuarios característicos de los diferentes contextos bioclimáticos no será suficiente. Dirigir la mirada a los rasgos culturales asociados a ellos y su canalización y perfeccionamiento a partir de los aportes contemporáneos es primordial. Aprovechar los beneficios que nos ofrece la Industria 4.0 mediante la digitalización de los procesos productivos fabriles y el uso de sistemas de información para transformar los procesos productivos en miras a obtener logros más eficientes y de bajo impacto ecológico, además del desarrollo del turismo cultural y la artesanía gastronómica, con conciencia ambiental, pueden representar nuevas fuentes de ingresos tanto para las poblaciones que habitan esos paisajes culturales rurales, como para los inversionistas, proyectando puertas afuera del país nuestra identidad cultural con orgullo, más allá del codiciado petróleo.


Hay iniciativas loables en el rescate de la producción de cacao y de la caña de azúcar y su elaboración artesanal o semi industrial para la elaboración de chocolate y ron, respectivamente, con calidad de exportación. Son, no obstante, emprendimientos puntuales que aún carecen de fortaleza suficiente como para volver a tomar el eje productivo de la economía nacional en la línea agrícola. Ellas y otras deberían ser estimuladas para crecer y hacer de ellas actividades que involucren a toda la población, diversificando la economía y virando de una vez la tendencia histórica del país como estado mono-productor, vulnerable a las oscilaciones del mercado, otrora agrícola y en el presente, minero-petrolero. Ese es el reto.

REFERENCIAS

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Fuentes de las figuras

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Figura 2: Martínez, Diego. (2016, diciembre 16). Chuao, Estado Aragua, Venezuela. En Mejía Daniela. "Los protectores del cacao de Chuao". El Estímulo, Sección Bienmesabe. Caracas. Consultado en http://elestimulo.com/bienmesabe/los-protectores-del-cacao-de-chuao/

Figura 3: Espasamerida. (2019).  Hacienda La Victoria, Mérida, Venezuela. En Photobucket. Consultado en https://photobucket.com/gallery/user/espasamerida/media/bWVkaWFJZDo5NDQ1NzM1/?ref= el 16 de abril de 2019.

Figura 4: Belmonte, Jesús. (s.f.). Hacienda Santa Teresa, Estado Aragua. En Minube. El Consejo. Hacienda Santa Teresa.  Caracas: Minube [plataforma web]. Consultado en https://www.minube.com.mx/fotos/el-consejo-c325571 el 16 de abril de 2019.

Figura 5: Lezama, Julio. (2017, diciembre 27). Laguna cerca de Las Tinajas, Zaraza, Estado Guárico. En Lezama, Julio. Camino a los llanos venezolanos, Estado Guárico. Caracas: Steemet Beta [plataforma web].  Consultado en https://steemit.com/spanish/@juliolezama/camino-a-los-llanos-venezolanos-estado-guarico-venezuela el 16 de abril de 2019.

Figura 6: Anón. (2019, enero 29). El Cayude. En Imágenes históricas de Paraguaná. En I ♥ Punto Fijo. [Grupo de facebook]. Punto Fijo, Venezuela: autor.  Consultado en https://www.facebook.com/ILovePuntoFijo/posts/im%C3%A1genes-hist%C3%B3ricas-de-paraguan%C3%A1el-cayude-una-de-las-casas-de-hato-m%C3%A1s-important/10158312075620031/ el 16 de abril de 2019.